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jueves, 28 de julio de 2011

EL RETORNO DE CABALAYKA


Queridos lectores y amigos:

En primer lugar: gracias por vuestros comentarios y vuestro apoyo durante este periodo de ausencia forzada.....debido a imponderables que he tenido que sortear....algunos amargos, otros dulces como la miel.

Con nuevas ideas, nuevos contenidos y nuevas ilusiones, Cabalayka vuelve a retomar las riendas en esta nueva etapa, también experimental y más viva que nunca.

Gracias por vuestro apoyo y, aprovecho la oportunidad para desearos un lindo día. Sin vosotros...repito, nada de esto sería posible.

Cabalayka

miércoles, 26 de mayo de 2010

LA LEYENDA DEL ESPANTAPÁJAROS

Una verdadera obra de arte de Marco Besas, corto de animación premiado en varios festivales internacionales. Un espantapájaros que se siente solo decide hacerse amigo de los cuervos, éstos se muestran recelosos...
El film que nos ocupa fue preseleccionado en la 78º edición de los Oscar de la academia, también nominado en los Goya y ganó el Melies de plata en el prestigioso festival de Fantasporto 2006 que se celebra cada año en la famosa localidad vitivinícola de Oporto.
La estructura cinematográfica del guión es perfecta, con una ausencia absoluta de diálogos y recayendo todo el peso del relato en un enorme Sancho Gracia que a su vez añade, si cabe, mayor nostalgia fílmica.

martes, 25 de mayo de 2010

BABA YAGA, VIRGEN, MADRE Y BRUJA

Baba Yaga volando sobre su almirez, con una escoba en la izquierda. Ilustración de Iván Bilibin.

Baba Yagá (en ruso Баба Яга) es un personaje recurrente en el folclore eslavo y la mitología eslava, especialmente rusa.
Baba Yagá es vieja, huesuda y arrugada, con la nariz azul y los dientes de acero y posee una pierna normal y una de hueso por lo que a menudo se le da el apelativo de "Baba Yagá Pata de Hueso". Estas dos piernas representan al mundo de los vivos y el mundo de los muertos en los cuales ella deambula. Baba Yagá es un ser perverso y cruel, pero no totalmente malvado; come personas, generalmente niños. Sus dientes le permiten romper huesos y desgarrar la carne con facilidad. A pesar de que Baba Yagá consume diariamente grandes cantidades de carne, ella siempre tiene ese aspecto delgado y huesudo. Baba Yagá vuela montada en un almirez (a veces una olla) y rema el aire con una escoba plateada. Baba Yagá no permite que ninguna persona "bendecida" permanezca dentro de su propiedad, siempre y cuando Baba Yagá sepa que la persona tiene una bendición.
Vive en una choza que se levanta sobre dos enormes patas de gallina que le sirven para desplazarse por toda Rusia. La valla de su choza esta adornada con cráneos, en cuyo interior coloca velas. La idea de una casa con patas de gallina podría derivar de las cabañas de ciertos pueblos finoúgricos, que las construían de esta manera para protegerse de los animales. Para entrar en la casa, Baba Yagá dice el conjuro "Casita Casita, da la espalda al bosque y voltea hacia mí". El interior de la choza siempre está llena de carne y de vino. También es resguardada por los sirvientes invisibles de Baba Yagá, los cuales aparecen como manos espectrales. Baba Yagá también tiene a su servicio a los caballeros blanco, rojo y negro, los cuales controlan el día, el atardecer y la noche.
Baba Yagá ha aparecido en diferentes historias del folclore ruso, y algunas de ellas muestran diferentes facetas de ella. En algunas, ayuda a la gente que le sirve. En otras se dice que guarda las "Aguas de la Vida y de la Muerte", pues es "la Dama Blanca de la Muerte y del Renacimiento". En otras dice que tiene dos hermanas llamadas como ella y con su mismo aspecto.
También se cuenta que envejece un año cada vez que le hacen una pregunta y que para rejuvenecer bebe un té hecho de las extrañas rosas azules, por lo cual recompensa enormemente a las personas que le traen alguna de estas rosas.
La figura de Baba Yagá probablemente deriva de "la Bruja", la tercer miembro de la Diosa Tripartita (Virgen, Madre y Bruja), símbolo de las tres edades de la mujer.
Baba Yagá es ampliamente usada por los autores de cuentos de hadas del ruso moderno, y desde los años noventa del siglo XX, en la "Fantasia rusa". En particular, Baba Yagá conoce a Andréi Belanin de sus libros en su ciclo "La Agencia de detectives del Zar Goroj (Царь Горох)", etc. La infancia y juventud de Baba Yagá por primera vez fueron descritas en la cuento "La bahía" ("Lukomorie") de A. Aliverdíev.

viernes, 21 de mayo de 2010

THIS IS THE END...

“En los tiempos que corren de falsedad universal, decir la verdad resulta un acto revolucionario” (G. Orwell)


No podemos convertirnos en cómplices, guardando silencio, ante la violencia ejercida sobre seres indefensos, ignorar la aplicación de leyes que les protegen y pretender representar a una humanidad, supuestamente, evolucionada.

Los ciudadanos europeos, afectados por el destino de nuestros animales, piden que se dicten leyes de protección animal y que, estas leyes, sean aplicadas. Estos ciudadanos se asombran, se indignan y se traumatizan por la impunidad con que actúan los maltratadores de los animales. Sus reivindicaciones se ven frecuentemente ignoradas y consideran que la empatía, el respeto y la protección a las personas empieza por la educación, sobre el respeto, a todos los seres vivos.

this is the end.... from on Vimeo.

lunes, 10 de mayo de 2010

TODOS ESTAMOS CONECTADOS



La belleza de lo vivo no está en los átomos que hay dentro
sino en la forma en que esos átomos se ordenan.
El Cosmos está también en nuestro interior
estamos hechos de materia de estrella
Todos estamos conectados
unos a otros, biológicamente
a la Tierra, químicamente
al resto del Universo, atómicamente


The Symphony of Science


“We are all conected” (Todos estamos conectados) es un vídeo creado por The Symphony of Science, un proyecto musical dirigido por John Boswell que trata de mostrar conocimientos científicos y filosofía en formato musical, con imágenes del astrónomo Carl Sagan, el físico Richard Feynman, el astrofísico Neil deGrasse Tyson y el divulgador científico Bill Nye.

La unidad esencial entre todas las personas y entre estas con Todo es una de las asignaturas pendientes de la Humanidad y, seguramente, la clave para cambiar el nivel de conciencia, porque cuando asumimos e interiorizamos que todos estamos interrelacionados, las falsas diferencias no nos afectan y nuestras acciones cambian.

Hemos visto este sentido de unidad con la Tierra y los seres vivos en las enseñanzas indias, pero en este vídeo nos recuerdan que estamos hechos de la misma materia que las estrellas, que hay un Orden y un fin en la Creación y que no es la primera vez que estamos aquí.

Astronomía y espiritualidad en estado puro…

Y esta es la letra en español:

Todos estamos conectados
unos a otros, biológicamente
a la Tierra, químicamente
al resto del Universo, atómicamente

Pienso que la imaginación de la Naturaleza
es muchísimo mayor que la del hombre
ella nunca nos dejará relajarnos.

Vivimos en un universo medio
donde todas las cosas cambian
pero según patrones, reglas
o, como las llamamos… leyes de la Naturaleza.

Soy este tío, de pié en un planeta
realmente solo soy una mota de polvo
pensad en todo esto
pensad en el enorme vacío del espacio
billones y billones de estrellas
billones y billones de motas de polvo.

La belleza de lo vivo no está en los átomos que hay dentro
sino en la forma en que esos átomos se ordenan
el Cosmos está también en nuestro interior
estamos hechos de materia de estrella

Somos la forma en la que el Cosmos se conoce a sí mismo
a través de los mares del espacio,
las estrellas son otros soles
ya hemos hecho este camino antes
y queda mucho por aprender.

Todos estamos conectados
unos a otros, biológicamente
a la Tierra, químicamente
al resto del Universo, atómicamente.

Creo que es emocionante y estimulante
descubrir que vivimos en el Universo
que permite la evolución de máquinas moleculares
tan complejas y sutiles como nosotros

Sé que las moléculas de mi cuerpo
las encontramos en los fenómenos del Cosmos
esto me da ganas de coger a la gente en la calle
y decirles… ¿LO HAS OIDO?

Ahí esta ese tremendo lío
como la luz que rebota por toda la habitación
y una cosa lleva a la otra

Y todo eso está de verdad ahí
te paras y piensas en ello
acerca de la complejidad
y te reconforta

Y está todo de verdad ahí
la inconcebible Naturaleza
de la Naturaleza

Sitio oficial: The Symphony of Science

domingo, 9 de mayo de 2010

EL LOBO Y LA LUNA


''En la oscuridad de la noche,
un enorme lobo de color canela
aullaba tristemente a la luna.
Él se había enamorado
profundamente de ella.
Pero por más que la llamaba,
ella nunca acudía al feroz animal.
Ella le parecía inalcanzable...
Debido a eso,cada noche de luna llena,
el lobo aullaría con pasión,
para que la luna supiera cuanto la amaba,
y así algún día ella acudiría a él...''

*Anónimo

viernes, 7 de mayo de 2010

CARTA DEL JEFE SEATLE


Carta Jefe Seattle
Esta carta del Jefe Seattle enviada al presidente de los EEUU en 1855 está llena de sabiduría y es una gran lección de vida para nosotros, tan vigente como si hubiera sido escrita en nuestros días.


CARTA DEL JEFE SEATTLE AL PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS (Texto completo)

El presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, envía en 1854 una oferta al jefe Seattle, de la tribu Suwamish, para comprarle los territorios del noroeste de los Estados Unidos que hoy forman el Estado de Wáshington. A cambio, promete crear una "reservación" para el pueblo indígena. El jefe Seattle responde en 1855.

El Gran Jefe Blanco de Wáshington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque sabemos que poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego a tomar nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco de Wáshington podrá confiar en la palabra del jefe Seattle con la misma certeza que espera el retorno de las estaciones. Como las estrellas inmutables son mis palabras.
¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña.

Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?

Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del piel roja.

Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan de esta bella tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.

Por esto, cuando el Gran Jefe Blanco en Wáshington manda decir que desea comprar nuestra tierra, pide mucho de nosotros. El Gran Jefe Blanco dice que nos reservará un lugar donde podamos vivir satisfechos. Él será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por lo tanto, nosotros vamos a considerar su oferta de comprar nuestra tierra. Pero eso no será fácil. Esta tierra es sagrada para nosotros. Esta agua brillante que se escurre por los riachuelos y corre por los ríos no es apenas agua, sino la sangre de nuestros antepasados.

Si les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar que ella es sagrada, y deberán enseñar a sus niños que ella es sagrada y que cada reflejo sobre las aguas limpias de los lagos hablan de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo de los ríos es la voz de mis antepasados.

Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los suyos también. Por lo tanto, ustedes deberán dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa. Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa.

La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto.

Yo no entiendo, nuestras costumbres son diferentes de las suyas. Tal vez sea porque soy un salvaje y no comprendo.

No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda oír el florecer de las hojas en la primavera o el batir las alas de un insecto. Mas tal vez sea porque soy un hombre salvaje y no comprendo. El ruido parece solamente insultar los oídos.

¿Qué resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas alrededor de un lago?. Yo soy un hombre piel roja y no comprendo. El indio prefiere el suave murmullo del viento encrespando la superficie del lago, y el propio viento, limpio por una lluvia diurna o perfumado por los pinos.

El aire es de mucho valor para el hombre piel roja, pues todas las cosas comparten el mismo aire -el animal, el árbol, el hombre- todos comparten el mismo soplo. Parece que el hombre blanco no siente el aire que respira. Como una persona agonizante, es insensible al mal olor. Pero si vendemos nuestra tierra al hombre blanco, él debe recordar que el aire es valioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con la vida que mantiene. El viento que dio a nuestros abuelos su primer respiro, también recibió su último suspiro. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde hasta el mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las flores de los prados.

Por lo tanto, vamos a meditar sobre la oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.

Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre salvaje y no comprendo cómo es que el caballo humeante de hierro puede ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir.

¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo.

Ustedes deben enseñar a sus niños que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, digan a sus hijos que ella fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo. Enseñen a sus niños lo que enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos.

Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas la cosas están relacionadas como la sangre que une una familia. Hay una unión en todo.

Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo.

Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él, de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos. De una cosa estamos seguros que el hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios.

Ustedes podrán pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra; pero no es posible, Él es el Dios del hombre, y su compasión es igual para el hombre piel roja como para el hombre piel blanca.

La tierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su creador. Los blancos también pasarán; tal vez más rápido que todas las otras tribus. Contaminen sus camas y una noche serán sofocados por sus propios desechos.

Cuando nos despojen de esta tierra, ustedes brillarán intensamente iluminados por la fuerza del Dios que los trajo a estas tierras y por alguna razón especial les dio el dominio sobre la tierra y sobre el hombre piel roja.

Este destino es un misterio para nosotros, pues no comprendemos el que los búfalos sean exterminados, los caballos bravíos sean todos domados, los rincones secretos del bosque denso sean impregnados del olor de muchos hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos de hablar.

¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció.

¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció.

La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia.

miércoles, 5 de mayo de 2010

ÉRASE UNA VEZ

Érase una vez
un lobito bueno
al que maltrataban
todos los corderos.

Y había también
un príncipe malo,
una bruja hermosa
y un pirata honrado.

Todas estas cosas
había una vez.
Cuando yo soñaba
un mundo al revés.

*José Agustín Goytisolo

sábado, 24 de abril de 2010

UN PECULIAR CUENTO DE FANTASMAS

Un peculiar cuento de fantasmas: Hotel con sombrero (por Tesa Vigal)

Con la ventanilla bajada el zumbido del coche era casi adormecedor. Y la luz de septiembre aún más fronteriza en aquel atardecer delicado y transparente, con algo muelle en el aire que iba arrastrando el cansancio acumulado de un día frenético.

Al final no le había dicho a nadie dónde iba. Tampoco lo sabía yo.

Un rayo del sol poniente me dio en los ojos y me puse las gafas oscuras del asiento contiguo, tiradas junto a un par de discos. Puse Avalon de Roxy Music, uno de los dos, y la primera canción More than this -Más que esto- me asaltó con melancólica urgencia.

Hay canciones cuya aparente sencillez se vuelca en atmósfera alargada, en el peso de lo no dicho en cada acorde, en la densidad de cada verso sintetizado con un prolongado poso de sugerencia indefinida y exacta.

Recordé la decisión que tendría que tomar en esos días de algo parecido a la huida, aunque en el fondo era sólo un necesario respiro. Y quería parar ya en el primer hotel que se cruzara en mi camino. Al no tener ya que estar tenso con la gente me sentía agotado por el desgaste nervioso, con la tranquilidad del tiempo por delante llenando el hueco que había quedado. A lo mejor la vida era eso, llenar huecos y cavar otros.

Vi una montaña rocosa y desigual en el horizonte, con una ladera rojiza de sol y la otra oscura con brillo azulado. Pasó un ramalazo de olor a tomillo, o a romero, y enseguida las casas en el valle formando un pequeño pueblo, y justo a un lado de la carretera un hotel. Al menos eso ponía en un tierno cartel deslucido, sobre la puerta de madera pintada de un luminoso azul.

Me pareció el sitio perfecto. Quién sabe para qué, pero las cosas que dan esa impresión supongo que merece la pena vivirlas.

Era una casa antigua de piedra y madera, de dos pisos, con un jardín al que se le había dejado crecer en libertad. Quizás por eso el olor que desprendía era profundo y recóndito. Despierto.

En la recepción recoleta, rodeada de fotos de ríos boscosos y la montaña vista desde el coche, hablé con el dueño, un fotógrafo de pelo gris casi blanco, al que le gustaba bastante hablar y dejar siempre algo sin decir. Sonreía mucho y a veces sus ojos tenían el brillo de una comprensión generosa, que abarcaba más que sus últimas palabras. Habló de las fiestas del pueblo. Tocarían tres músicos que se alojaban también en el segundo piso. Esa noche pondrían en el salón una película. Todos los huéspedes estábamos invitados. Sólo éramos cuatro. Quedaban otras cuatro habitaciones vacías, justo la mitad.

Ante mi extrañeza me explicó que la gente que venía a las fiestas se alojaba en las casas del pueblo de sus familiares y conocidos. “No querían…” Había parajes muy curiosos por los alrededores y la luz para un fotógrafo era muy apetecible. Su mujer sin embargo era llenita y silenciosa y tenía la desconcertante costumbre de mirar de reojo con frecuencia. Como si se preguntara, o dudara, sobre la capacidad de su campo de visión.

Habitación 21. Un armario moderno, una cómoda antigua y sólida en la que daban ganas de guardar algo, la cama con una manta fina y sábanas que olían a nuevo… Una desconcertante mezcla de algo acogedor y algo impasible, con una ventana sobre los campos cosechados y silenciosos y un bosque a unos 100 metros, tupido y reservado, extendido hasta el pie de la montaña con aire de guardián absorto.

Decidí dar un paseo hasta el pueblo antes de cenar y allí fue donde noté la conmiseración con la que trataban a los forasteros del hotel, una lástima dilatada que contrastaba con el bullicio excitado de las fiestas. No me importó, no había venido para hacer vida social. Aún así registré cada detalle. O, precisamente por eso, vagué por sus callecitas sintiendo sin saber que lo hacía. Lejos de estar de visita, mi ánimo susceptible y bandeado me empujaba a bailar sin juzgar la música que sonara, sin haberlo decidido y sin tratar de colocar nada.

Quizás por eso me impresionó especialmente la chica del sendero, que conocí al regresar.

Era una noche reposada y secreta, de luna creciente sobre el camino cuya luz volvía cenicienta a la hierba de las primeras lluvias de septiembre y lechosa y polvorienta a la tierra ambarina. Pero el aire cambió bruscamente de dirección, se oyó un chasquido próximo y la vi avanzar con paso rápido hacia mí, como si acabara de salir de las sombras del bosque con algún propósito apremiante. Y el campo entero siguió el rumbo de un movimiento recién iniciado en otra parte. Algún lugar atareado que hubiese interpenetrado en el corazón de la quietud. Como el viento enredando su pelo largo contra un lado de su cara plateada por la luna y ciñendo el vestido blanco, hasta media pierna, en sus muslos resueltos de andar flexible y pasos largos.

La sensación de extrañeza emborrachaba y me negué a preguntarme sobre ella. Sobre todo cuando se paró ante mí y sentí el peso de su mirada indagadora y remota y empezó a fascinarme lo fácil que era el silencio. Los dos lo paladeamos hasta que ella me habló con una voz dulcemente densa.

-No eres de aquí… Tampoco del pueblo, debes ser huésped del hotel

Sentía su mirada recorriéndome por dentro con cientos de dedos sedosos y agudos, y me asombré del alcance sensual que a veces tiene la conexión instantánea y personal con un desconocido.

Ella sonrió soñadora ante mi pensamiento y me preguntó lo que le interesaba:

-¿Sabes cuándo van a poner el documental?

-No lo sé, supongo que después de cenar… Tú ¿estás en el hotel?

-A veces. Me gustan los músicos que hay ahora. Bueno, tú también. Tu forma de salirte de una línea, de hacer un aparte… La gente no suele saber utilizar los paréntesis.

Ante mi desconcierto me besó en la mejilla sin tocarme, haciéndome agudamente consciente de la sensación de su cara acercándose despacio, el aliento con olor a caramelo muy cerca de mis labios y el tacto caliente y breve de su boca.

Sin embargo no pude entregarme al susto porque predominaba el hechizo del momento, las piernas algodonosas, una deliciosa sensación sustituyendo al peso físico de mi cuerpo, que no quería moverse sino seguir mirándola, escuchando sus palabras desgranadas con la lentitud de un conjuro. Pero no era eso. Era lo extraordinario. Y desconfiaba de ello, y eso me daba miedo.

-Sí, sabes que no pretendo asustarte. Eso sólo lo hace algún pobre cretino… Y puedes llamarme lo que quieras, aunque la mayoría diría que soy un fantasma. Lo importante es que mi nombre sigue siendo Isabel.

Nos contemplamos saboreando la brisa tenue que nos enlazaba. Dolorosamente pasajera, esto es lo que nos asombraba: los dos queríamos prolongar el momento.

-Es verdad. No estoy acostumbrada a una reacción como la tuya. A ellos les da miedo el poder de lo desconocido. Tú sin embargo me miras como a una persona, como a alguien posible…

-No me fío de lo extraordinario. No espero nada bueno de ello. Supongo que pienso que lo maravilloso no puede acabar bien

Traté de distinguir el color de sus ojos pero no lo logré hasta dos días más tarde, en pleno día luminosamente nublado, cuando las nubes brillan metálicas acumulando lluvia y las siluetas, los contornos de las cosas son más nítidas, como recién perfiladas.

En aquella noche de sobredosis lunar nos sonreíamos levemente, con sonrisas contenedoras de historias, o nos mirábamos como niños embebidos en un juego de melancólica complicidad, o la escuchaba y me preguntaba ¿por qué no?, mientras el cielo permanecía detenido en algún punto perdido tangencial con los sueños, paralelo a lo cotidiano y trasversal y directo a algún centro de mí inactivo. Sentir esas cosas era nuevo para mí.

-Te has movido mucho últimamente, has hecho muchas cosas y ahora tienes que dejarlas reposar. Eso les pasó a un grupo de porteadores en una expedición de hombres blancos. Lo leí en una revista de viajes de principios del siglo XX. Los indígenas dejaron los bultos en el suelo y se sentaron o se tumbaron por allí, tranquilamente. Los exploradores preguntaron qué les pasaba y, por supuesto, no entendieron su respuesta: “Hemos ido demasiado rápidos y ahora tenemos que esperar al alma”. Creo que lo sacó en una película Antonioni, pero sólo lo he oído decir, no la he visto…

Quizás estaba esperando al alma, o quizás estaba haciendo el imbécil. No sería la primera vez. Tuve ganas de fumarme un cigarro… ¿sería correcto hacer eso ante un fantasma?, y la miré burlón esperando su sonrisa. Acerté.

-¿Te imaginabas normas de etiqueta o algo así? Normas, reglas… Demasiados preceptos y poca consciencia. Se trata de aprender a ser libres, igual que aquí

Así que encendí un cigarrillo que me supo a polvo lunar y a indio. ¿Por qué quería saber cuándo ponían la película?

-Al otro lado hay cosas que no están claras, como aquí. Te encuentras de repente en un mundo donde tratas de ver señales, comprender, aprender a vivir. Y todo significa algo y también hay todo tipo de gente, aunque están más marcadas las afinidades. Aquí todo es más caótico, con una riqueza muy especial… Allí sabes claramente lo que tienes que aprender, lo que necesitas. Y todo es etéreo, despojado de la pesada rotundidad del cuerpo y sin embargo es como… una sobredosis espiritual. Todo está empapado de espíritu. O de pronto se percibe lo empapado de espíritu que siempre ha estado todo… He oído cosas sobre el documental y creo que me interesa verlo. Además hacía mucho que no venía por aquí…

-¿Viviste aquí?, suena a nostalgia

Me indicó con un dedo la montaña oscura recortada en el cielo azul añil.

-Allí… Nos perdimos tres chicas en una excursión. Se apoderó de nosotras el influjo del lugar. Hasta el punto de que una de ellas entró allá donde quiera que sea que vive el espíritu de la montaña… Hay tantos mundos paralelos… Todo es más complejo, y afecta menos al verlo de otra forma… Conoces a alguien inesperado y poco a poco te vas dando cuenta de que es un dios o un espíritu de algo, a lo que tú te estás conectando en ese momento. Y al ser fuente de esa energía, sea amor, violencia, poder, sabiduría, regeneración… puede aclararte cosas sobre su naturaleza, modos de actuar y consecuencias… Manual de instrucciones, eso que tanto echamos de menos a veces…

-Así que un universo multidimensional… Manual de instrucciones… Entonces cada vida tendría un sentido. Bueno, depende. Al otro lado también habría despistados y perdidos ¿no?. Lo has dicho antes, que hay toda clase de gente, como aquí

-Incluso hay quien ignora que ha muerto. O se niega a aceptarlo, pretende seguir viviendo como antes del cambio…

Parecía pensar en voz alta y de improviso volcarse encantada en una comunicación entre mundos.

-… Y luego lo curioso del aspecto. Suele corresponder a la idea, o a la imagen que tenemos previamente. Y el resto de nosotros tenemos la mejor apariencia que tuvimos en vida. Como si en el otro lado se partiera de lo mejor de la vida anterior y el aspecto fuera simbólico… Los símbolos… Comprender lo que significa que son algo vivo, como los múltiples dioses y su multitud de caras. De esa forma de conectar con lo espiritual… ¿Ves?, nos sale con frecuencia la palabra espíritu… Es lo cotidiano…

Me habló de sendas, puertas y lugares donde los mundos pueden entrar en contacto o superponerse, y la multitud de catalizadores o impedimentos para abrirse o cerrarse. De tranquilos durmientes. De aferrados al pasado y espacios impregnados por ellos. Praderas salvajes. Ríos circulares. Encantadas. Fuentes del olvido y de la lucidez. Lenguaje de los pájaros. Lugares siempre entre dos luces con puertas de entrada y salida al tiempo. Estrellas verdes y vientos de polvo dorado. De ese bosque y esa montaña por donde pasaban hadas y seres de todo tipo, la mayoría sin nombre. Y yo la escuchaba entre la bruma de lo lejano y la cercanía de una pasmosa naturalidad.

Al preguntarle cómo era que no sabía cuando ponían la película si conocía su existencia, me contó cómo caían los límites del tiempo y la mente. Por eso podía conocer pasado o presente (dónde estaba guardada cualquier cosa perdida, por ejemplo), pero no funcionaba con aquello que buscaban o necesitaban para descubrir sentidos o destinos. Lo personal también era intransferible al otro lado. La imposibilidad de intervenir en la vida de aquí. El gran esfuerzo y energía para coger o mover cualquier objeto material. Era mucho más fácil traer algo desde el otro lado.

-¿Se te puede abrazar?

Su risa, limpiamente sorprendida, se propagó en un eco nítido a lo largo del sendero. Comentó que eso dependía de lo materializada que estuviese. Mis brazos atravesarían su figura, o no. Y añadió mirándome extrañada y divertida:

-Nadie quiere abrazar a un fantasma…

-Yo sí pero no me atrevo

-Esta noche no quieres comprobar nada, por eso estás hablando conmigo…

-Algo así, supongo. Entonces ¿mi vida tendría sentido?

-Y sólo puedes dárselo tú

El cigarro me quemaba los dedos y lo aplasté con el pie. Supe que ese lapso de tiempo estaba acabando. Me lo confirmó la indicación de ella de que iría más tarde al hotel para ver el documental. Y mientras lentamente su contorno se difuminaba dijo:

-Siempre hay algo melancólico en el desaparecer de aquí

Cuando dejé de verla los grillos volvieron a cantar y fui consciente del frescor de la noche. Y, al dejar de estar detenido, el aire o el cielo lo cubrió todo con contrastada nitidez y apabullante destreza.

El regreso al hotel fue una sucesión de momentos tan temporales que daban ganas de gritar. Amalgama de imágenes, palabras y gestos que clamaran por un orden del que nadie éramos conscientes.

Había un antiguo sombrero de paja colgado de la barandilla de la escalera. Al comentarle al dueño que alguien se lo habría olvidado allí, me miró en silencio tanto rato que podía masticarse su esfuerzo por encontrar palabras adecuadas. Sólo eso. Ni palideció, ni se sobresaltó, era un problema cotidiano más. Luego respondió, encantado y remiso al mismo tiempo, a mis preguntas sobre chicas perdidas en la montaña y nunca encontradas.

Me enteré así de su manera de encarar la peculiaridad del hotel y alrededores. Para él era algo que formaba parte de sus vidas, un punto exótico que respetaba a distancia sin rastro de miedo, más bien con curiosidad de fotógrafo más incomodidad de hotelero. Por eso la gente del pueblo evitaba el lugar. Tenía fama de que allí pasaban cosas raras. Sólo una persona, cuando al día siguiente pregunté en sus calles, pronunció la palabra “encantado”. Los demás me miraron remisos o burlones y cambiaban de tema rápidamente.

Fotos curiosas en la sala donde estaba el deuvedé y la tele. Fotos de luces y sombras superpuestas a paisajes y una del primer tramo de la escalera, donde podía verse cualquier cosa o ninguna, pero que destacaban por algo anómalo e impreciso que atrapaba la mirada.

El sombrero siempre aparecía cuando algo raro rondaba cerca, “anda la puerta abierta” según sus palabras. Pero no me atreví, ni quise, contarle ese momento tan peculiarmente íntimo que había pasado con Isabel. Le dejé seguir con el tono de un guía de museo citando cosas notables, de las que en el fondo se sentíaalejado aunque participando del prestigio del tema.

A los dos días fui testigo de la diferente manera de reaccionar de su mujer. Y esa misma noche conocí a los tres músicos en el comedor.

La guitarra la tocaba ella, Deli, además de cantar. Luego estaban el batería y el bajista. Contaban anécdotas y peripecias de su vida en la carretera. Eran divertidas, aunque no tanto como pretendían. En su manera de contar había una voluntad de rescate que sonaba a algo roto y pegado cuidadosamente.

Deli fue la única que observó en mí la huella de lo insólito y la rastreó con mirada abierta de decisión precavida, cuando todo es creíble porque no se espera nada y se entiende muy poco después de vivir demasiado.

Después de cenar se sentó a mi lado en la sala con su vieja camiseta de los Clash y unos pantalones holgados de tela escocesa. Sostenía elegantemente un vaso de vino en la mano y me miró con la dignidad de una reina en el exilio.

-Tienes cara de…

-¿De haber visto un fantasma?

Nos sonreímos, pero ella avanzaba pausada y firmemente, sin distraerse de su sensación.

-No, no es eso, no pareces asustado, es más bien como si acabaras de vivir algo que te inquieta, algo con lo que nunca hubieras soñado. Y todavía estás prendido de ello

-Es este sitio y no me refiero al hotel, es como si el hotel estuviera en su camino

-¿Y tú te hubieras cruzado con el cruce?... Eso pasa mucho en la vida cotidiana

Lo dijo soñadora pero enseguida añadió irónica: -Una vez me preguntaron si nunca me había sentido acompañada estando sola y contesté que no, que me había pasado justo lo contrario, sentirme sola estando acompañada

Comprendí que se protegía de la gente, aunque permanecía abierta al mundo, relativizando lo grande y lo nimio por sistema. Y la ironía era la única manera de conseguirlo. Bajo ella yo percibía una tolerancia indagadora, que aceptaba y cuestionaba, y por eso seguí con el tono privado.

-Cuando no te sorprende ninguna posibilidad es como si lo extraordinario fuese tu hogar…

-Hogar… No sabía que utilizaras palabras malsonantes… Tendría que hacer más frío y estar encendida esa preciosa chimenea. Y contarnos historias. Sin la chimenea prefiero que no me cuentes la tuya, al menos esta noche

Nos sentíamos a gusto con nuestra conexión a través de algo presente y eludido, o pospuesto sin problemas. Pero enseguida entraron los dueños al salón y a Deli la llamó uno de los músicos desde la puerta. Ninguno de los tres se quedó a ver la película. Una de Peter Weir sobre el caso sin resolver de tres chicas desparecidas en Hanging Rock, en Australia. “Picnic en Hanging Rock”.

Curiosas imágenes muy sugerentes, mostrando preguntas sin contestar ninguna. Notaba la presencia de Isabel aunque ninguno vimos nada, a pesar de que la dueña se volvió un par de veces hacia el fondo de la sala y yo me quedé con ganas de preguntarle el motivo.

Luego el crujir de la madera de la escalera al subir a mi habitación. Los jadeos contenidos que surgían de la puerta contigua. Los celos inesperados al imaginar a Deli suave y cálida al otro lado de la pared. Después el silencio, el canto hipnótico de los grillos al asomarme a la ventana, la luna ya muy baja moviéndose rápida. Viento a ráfagas, nubes deslizándose incesantes. ¿Había visto a un fantasma?, ¿con quién había estado hablando? Pensé “¿qué he visto exactamente?”. Sueños inquietos y brumosos. Indagación en el pueblo. Cartel con la actuación de esa noche de mis compañeros de hotel. El bosque como esperándome…

Me imaginé visto en el lindero por los árboles agitados por el viento incesante y era como ver a un niño, o alguien pequeño bañado por el sol a punto de penetrar en lo desconocido. Creo que me pasé el día buscando algo, no a ella, sin saber qué. No vi el sombrero. Sí recuerdo la imagen de la furgoneta de los músicos brillando al sol con su tremendo color naranja. Cómo recordé lo que me esperaba de vuelta en la ciudad contemplando el vuelo en picado de un gorrión. Y la emoción a destiempo ante el simple aroma del café, como si perteneciera a un plano inalcanzable y tentador. Mi visita al río, donde la impresión otoñal se dejaba sentir intensamente en la humedad acumulándose en sus orillas. Una mosca en una roca calentando al sol su vuelo atontado, varias piñas caídas y algunas hojas de roble amarillas. La ansiedad ante cualquier crujido por saber que pertenecía al mundo cotidiano. El sabor del bocadillo y la cerveza que me devolvió inesperadamente a una infancia torcida de olores penetrantes. Desazón. Una carrera hacia la montaña, repentina y explosiva, que me dejó agotado pero más tranquilo, sentado sobre una roca en medio de aquel paraje. El brillo verde de una canica irisada medio enterrada. Una siesta de apenas cinco minutos en mi habitación, con la sensación distorsionada del tiempo de que había dormido al menos una hora. El deseo de encontrarme a solas con Deli, en busca de una complicidad presentida. Las caras bulliciosas en las terrazas adornadas de la plaza del pueblo. La tarde interminable con sabor a mí. Los pasos en la escalera. Mi búsqueda de rincones donde acurrucarme.

Cuando llegué a esa conclusión faltaba poco para la verbena y cené algo en una de las terrazas, donde seguí sin encontrarme a Deli, rodeado del último brillo del verano acabado en las caras de los visitantes, con esa calma dispuesta a todo del tiempo libre. Bombillas de colores, puestos de churros, de chuletas, de tiro al blanco, el maravilloso triunfo de lo deliciosamente intrascendente.

La voz insolente y honda de Deli ante el micro era igual que su forma de tocar la guitarra, allí bajo la luna justo en su mitad creciente, con un sencillo vestido rojo dedicado a la verbena. Sin embargo llevaba el rock en los pies y estaba claro que las botas eran para ella. Botas de gamuza suave, ligeras, resbalando blandas sobre los tobillos en numerosos pliegues blancos, aterciopelados bajo el efecto del foco de luz polvorienta que la iluminaba. Agarraba el micro con ternura interrumpida, y el pelo teñido de negro azulado parecía salido de una visión de Allan Poe. Suelto y liso hasta los hombros, al contrario del pelo rubio, largo y enredado de Isabel.

El batería y el bajista se movían bajo la luz rojiza de dos focos prestados por la discoteca del pueblo. Uno de ellos parpadeaba y la cara del batería era visible sólo en instantes de aparición ilusoria, mirando fijamente a la gente bailando algo que tocaba él, que conocía todo el mundo, y que le pasmaba más allá del horror. Como si preguntara al viento dónde estaba la música que tocaba de verdad, en el local de ensayo alquilado con el dinero que le daría el ayuntamiento. Y el bajista tocaba sumido en una mecánica manoseada y aburrida, de la que despertaba de repente para sonreír al público lejanamente.

Todo el escenario al aire libre, a un lado de la plaza, desprendía dura irrealidad, algo velado que le daba cierto aire de espejismo, en el que por fortuna no se fijaban los bailarines incansables, inmersos en el suyo propio.

Volví antes de que acabaran de tocar, flotando blandamente sobre el solitario camino donde no me encontré con nadie, sintiéndome estafado por mí o por mi vida.

Antes del par de cervezas había visto una luz donde no tenía que estar, en la esquina de una calle. Después de las dos cervezas ya no vi nada.

Al día siguiente me levanté tarde y me alegré de que estuviera nublado. Tenía nostalgia de la lluvia tras un largo y seco verano indefendible. Fue en el jardín.

Me envolvió de improviso la irrealidad del encuentro en el sendero. Empecé a ver y mirar de la misma forma, como si todo fuera desconocido, o tuviera la posibilidad de ser cualquier otra cosa. Supongo que me influyó el gato. Miraba fijamente a un punto en concreto del aire cerca de un pequeño fresno, apenas de metro y medio, un par de primaveras creciendo entre tréboles. ¿A qué miran los gatos cuando se quedan largo rato mirando al vacío?

Me senté en un sillón de camping de rayas. Pensaba en lo crucial de ciertas decisiones y en la banalidad de sus consecuencias. Basta dejar pasar el suficiente tiempo, y la nueva situación surgida será ya algo cotidiano, incluso olvidado. Y sería enloquecedor preguntarse sobre el rumbo desconocido que hubiera tomado la decisión contraria. Todo me parecía pequeño y triste desde media hora antes, cuando vi de nuevo el sombrero de paja colgando de la barandilla de la escalera. Y me hizo temblar el oscuro presentimiento de lo cumplido, como si eso fuese lo más parecido a la presencia de lo que no podemos entender. Un fantasma, por ejemplo…

Me levanté para buscar tabaco en mi habitación. La dueña del hotel entró en ese momento al vestíbulo, y al ver el sombrero palideció tanto que me acerqué a ella. Su expresión sobrecogida acabó en un gesto torpe y lento de sus brazos abrazándose a sí misma, tratando de procesar algo viejo y esporádico que no acababa de salir de su vida. Cuando creí que estaba a punto de desmayarse me sonrió, suspiró profundamente y poco a poco le volvió lo sonrosado a sus pómulos y el brillo a sus ojos color miel.

-No pasa nada. No puedo evitarlo. Ya sé que me asusto. Pero ya se ha pasado.

Me admiré de la naturalidad con la que aceptaba sus reacciones. Al alejarse ya caminaba con su andar práctico de siempre. En cada uno de los pasos de alguna gente es como si no existiera el aire recorrido, sino sólo el suelo firme bajo sus pies.

También cogí un jersey por si llovía y en el pasillo vi a Deli abrir su puerta para salir. Tenía cara de sueño y detrás de ella el bajista la frotó los brazos, le dijo algo al oído y le tendió una sudadera blanca.

Me llevé al jardín mi participación involuntaria en su complicidad, demasiado revuelto de emociones a flor de piel. Nada más salir Deli se quedó contemplando la intensa luminosidad de aquel raro nublado. Luego me vio y se sentó en otro sillón de rayas más finas. En esos momentos se dice cualquier cosa y yo lo hice, acuciado por el sombrero que seguía allí, inocente y enigmático, por el gato que todavía miraba al mismo punto, y por el jardín creciendo salvaje.

-Parece que os queréis, me dais envidia

-¿Aunque no nos gustemos?

-Lo siento, suele pasar

-Con frecuencia. Sin ir más lejos yo sólo he conocido ese tipo de relaciones. Son muy tristes, aunque a algunos les da seguridad. Y a mí me ha enseñado camaradería. Son muchos kilómetros…

-¿Crees en el destino?

-Me encantaría, sería reconfortante algo firme, algo con sentido, y que aumentara los niveles del sentido del humor y la libertad… Creo que estoy desbarrando, todavía estoy medio dormida

-¿Te gusta lo que haces?

-Lo que tuve que tocar anoche no. Por eso me gustaría que existiera el destino, así no me atormentaría pensando en otros caminos

-Hablas como si elegir fuera una carga

-A veces las dudas son condena y cadena

Dimos unos pasos entre la maleza reseca del verano concluido. Junto a algunos cardos me imaginé las amapolas rojas de primavera. Cerca de una encina muy vieja el jardín hacía un recodo que se mecía despacio, titubeando entre colores y matices y el silencio repentino de los pájaros y nuestros pasos.

A pocos metros estaba Isabel apoyada en el tronco de un fresno, hablando en murmullos con un hombre muy alto, puro magnetismo. Hasta creí percibir una intensa vibración en torno a su capa azul añil sobre su cuerpo desnudo, calzado con unas simples sandalias de cuero.

El sorprendente aspecto de alguien tan poco fantasmal me hizo mirar rápidamente a Deli, pero ella no le veía. Sólo le llamaba la atención Isabel. Me preguntó quién era esa chica con el tono indefinido y reverente que nos inspira algo muy especial que no logramos identificar. Y me salió una respuesta cortante que no pareció importarle.

-Un fantasma de por aquí

-… Está hablando sola. Su vestido es precioso, tiene un aire a los años 20…

Nos sentamos a observarla en unas piedras, sin tratar de ocultarnos, sin saber si ella nos veía, sin acercarnos.

-Me estaba acordando de algo que dijiste. Hay momentos en que resultaría más fácil morir. No hacer nada, no tener nada que decidir, ausencia de nostalgia y deseos. Descansar en una dulce y acogedora nada. Si me dan a elegir preferiría que no existiera más vida después de la muerte. Pero es tan difícil la muerte cuando todo tu entorno te involucra y le sigues el rastro apasionadamente, sin poder decir adiós. Y de repente vives otro instante en que necesitas despedirte y ver desde fuera el presente para entenderlo, incluso dar sentido a tu pasado y formar con las dos cosas una historia de la que nunca conocemos el final. Porque ya no estamos, o porque parte del desenlace está dentro de otros…

Pero debieron oírme de alguna manera ya que los dos se volvieron hacia nosotros. Me quedé con la mirada del hombre de la capa. Más que penetrante era una exquisita taladradora y al acabar de envolverme con su vibración la apartó de mí, como si se hubiera retirado la capa hacia atrás con un raro desafío en el gesto de su cuerpo desnudo. Luego ladeó sus labios sin despegarlos en una sonrisa de reconocimiento y se alejó hacia el fondo del jardín, hasta desaparecer en la parte más frondosa que daba al valle, el sendero, la montaña y el bosque. La parte de atrás del hotel, a donde daba mi habitación. Me atrapó la portentosa energía que desprendían sus pasos y una estela de poder antiguo y olvidado que estremecía los guijarros y latía con la tierra.

Me sacó de mi abstracción Isabel, justo ante nosotros, con su vestido blanco de brillo húmedo en aquel día de raso gris en las nubes deslumbrantes. Nos dijo que había venido a despedirse.

-¿Dónde te vas?

Deli se lo preguntó sin entender muy bien de qué iban aquellos momentos y, lo más curioso, sin pretender saberlo. Como si lo que le interesara fuera otra cosa.

-Sois vosotros los que os vais mañana ¿no?

-Sí, mañana se acaban las fiestas del pueblo y el fin de semana y…

Le pregunté con quién hablaba antes y nos dedicó una sonrisa tiernamente triste, o dulcemente discreta y nos respondió con ironía si a alguno de los dos nos gustaban los dioses griegos. Deli aceptó con suave displicencia sus palabras y le correspondió con otra sonrisa grácil con rumbo a una nostalgia desabrida. Yo insistí:

-¿Quién era?, ¿y por qué te interesaba el documental?

Isabel había empezado ya a alejarse y se volvió un instante para responder con tono evocador, sin punto final aunque de hecho lo fuera:

-Igual respuesta a las dos preguntas: es cosa mía

Se perdió entre los arbustos y una caseta de madera descolorida que usaban de leñera.

Cuando los pájaros volvieron a cantar Deli comentó que a veces todo parece un sueño y sin embargo suelen ser los momentos con más peso real, cuando todo parece tener un volumen más denso de lo normal.

-… Más relieve y al mismo tiempo con algo ligero. Lo acabaré cantando en una canción… ¿Es verdad que también te vas mañana?

-En realidad no estaba seguro, pero me está empezando a parecer bien. Vosotros ¿vais a otro pueblo?

Suspiró y pareció tantear con dedos limpios su trayectoria, o cierta parte de ella.

-Se acabaron los bolos este verano, volvemos a Madrid

-Yo también… ¿Quieres cambiar de coche?

Antes de que contestara empezaron a caer las primeras gotas y corrimos al hotel. En la barandilla ya no estaba el sombrero.

-¿has visto estos días un sombrero de paja colgado de la barandilla?

-Ahora que lo dices sí… ¿Tiene que ver con estos días extraños? Quiero decir que el mundo es muy extraño, pero sólo lo notamos a veces…

-Si haces el viaje conmigo te contaré todo lo que no entiendo

-¿Y lo que te fascina?

SUMISIÓN VOLUNTARIA...¿ACEPTAS? FELIZ NAVIDAD...

¿ACEPTAS?

EL CONTRATO
Lo firmas cada mañana....
Poco importan nuestras creencias o nuestras ideas políticas, el sistema instituído reposa en el acuerdo tácito de un tipo de contrato aprobado por cada uno de nosotros que a grandes rasgos os expongo:
Acepto la competitividad como base de nuestro sistema, aunque soy consciente de que este funcionamiento engendra frustracion y cólera a la inmensa mayoría de los perdedores.

Acepto que me humillen o me exploten a condición de que se me permita humillar o explotar a otro que ocupe un lugar inferior en la pirámide social.
Acepto la exclusión social de los marginados, de los inadaptados y de los débiles porque considero que la carga que puede asumir la sociedad tiene sus límites.
Acepto remunerar a los bancos para que ellos inviertan mi sueldo a su conveniencia y que no me den ningún dividendo de sus gigantescas ganancias (ganancias que servirán para atracar a los países pobres, hecho que acepto implícitamente).
Acepto también que me descuenten una fuerte comisión por prestarme dinero, dinero que proviene exclusivamente de los otros clientes.Acepto que congelemos o tiremos toneladas de comida para que los cursos bursátiles no se derrumben, en vez de ofrecérsela a los necesitados y de permitir a algunos centenares de miles de personas no morir de hambre cada año.
Acepto que sea ilegal poner fin a tu propia vida rápidamente, en cambio tolero que se haga lentamente inhalando o ingeriendo substancias tóxicas autorizadas por los gobiernos.Acepto que se haga la guerra para así hacer reinar la paz.Acepto que en nombre de la paz, el primer gasto de los Estados sea el de defensa. Entonces acepto que los conflictos sean creados artificialmente para deshacerse del stock de armas y así permitir a la economía mundial seguir avanzando.
Acepto la hegemonía del petróleo en nuestra economía, aunque es una energía muy costosa y contaminante y estoy de acuerdo en impedir todo intento de sustitución si se desvelara que hemos descubierto un medio gratuíto e ilimitado de producir energía.
Acepto que sería nuestra perdición.Acepto que se condene el asesinato de otro humano, salvo que los gobiernos decreten que es un enemigo y me animen a matarlo.
Acepto que se divida la opinión pública creando unos partidos de derecha y izquierda que tendrán como pasatiempo la pelea entre ellos haciéndome creer que el sistema está avanzando.
Además acepto toda clase de división posible con tal que esas divisiones me permitan focalizar mi cólera hacia los enemigos designados cuando se agiten sus retratos ante mis ojos.
Acepto que el poder de fabricar la opinión pública, antes ostentado por las religiones, esté hoy en manos de hombres de negocios no elegidos democráticamente que son totalmente libres de controlar los Estados, porque estoy convencido del buen uso que harán con él.
Acepto que la idea de la felicidad se reduzca a la comodidad; el amor al sexo y la libertad a la satisfacción de todos los deseos, porque es lo que me repite la publicidad cada día. Cuanto más infeliz soy más consumo. Cumpliré mi papel contribuyendo al buen funcionamiento de nuestra economía.
Acepto que el valor de una persona sea proporcional a su cuenta bancaria, que se aprecie su utilidad en función de su productividad y no de sus cualidades, y que sea excluído del sistema si no produce lo suficiente.Acepto que se recompense cómodamente a los jugadores de football y a los actores y mucho menos a los profesores y los médicos encargados de la educación y de la salud de las futuras generaciones.
Acepto que se destierre de la sociedad a las personas mayores cuya experiencia podría sernos útil, pues, como somos la civilización más evolucionada del planeta (y sin duda del universo) sabemos que la experiencia ni se comparte ni se transmite.
Acepto que se me presenten noticias negativas y aterradoras del mundo todos los días, para que así pueda apreciar hasta qué punto nuestra situación es normal y cuánta suerte tengo de vivir en Occidente. Sé que mantener el miedo en nuestros espíritus sólo puede ser beneficioso para nosotros.
Acepto que los industriales, militares y jefes de Estado celebren reuniones regularmente para, sin consultarnos, tomar decisiones que comprometen el porvenir de la vida y del planeta.
Acepto consumir carne bovina tratada con hormonas sin que explícitamente se me avise. Acepto que el cultivo de OGM (Organismos Genéticamente Modificados) se propague en el mundo entero, permitiendo así a las multinacionales agroalimentarias patentar seres vivos, almacenar ganancias considerables y tener bajo su yugo a la agricultura mundial.
Acepto que los bancos internacionales presten dinero a los países que quieren armarse y combatir, y que así elijan los que harán la guerra y los que no. Soy consciente de que es mejor financiar a los dos bandos para estar seguros de ganar dinero y prolongar los conflictos el mayor tiempo posible con el fin de poder totalmente arrebatar sus recursos si no pueden reembolsar sus préstamos.Acepto que las multinacionales se abstengan de aplicar los progresos sociales de Occidente en los países desfavorecidos. Considerando que ya es una suerte para ellos que los hagan trabajar. Prefiero que se utilicen las leyes vigentes en estos países que permiten hacer trabajar a niños en condiciones inhumanas y precarias. En nombre de los derechos humanos y del cuidadano, no tenemos derecho ejercer injerencia.Acepto que los laboratorios farmacéuticos y los industriales agroalimentarios vendan en los países desfavorecidos productos caducados o utilicen substancias cancerígenas prohibidas en Occidente.Acepto que el resto del planeta, es decir cuatro mil milliones de individuos, pueda pensar de otro modo a condición de que no venga a expresar sus creencias en nuestra casa, y todavía menos a intentar explicar nuestra Historia con sus nociones filosóficas primitivas.Acepto la idea de que existen sólo dos posibilidades en la naturaleza, a saber: cazar o ser cazado, y si estamos dotados de una conciencia y de un lenguaje, ciertamente no es para escapar de esa dualidad, sino para justificar por qué actuamos de ese modo.
Acepto considerar nuestro pasado como una como una continuación ininterrumpida de conflictos, de conspiraciones políticas y de voluntades hegemónicas, pero sé que hoy todo esto ya no existe porque estamos en el summum de nuestra evolución, y porque las reglas que rigen nuestro mundo son la búsqueda de la felicidad y de la libertad para todos los pueblos, como lo oímos sin cesar en nuestros discursos políticos.
Acepto sin discutir y considero como verdades todas las teorías propuestas para la explicación de los misterios de nuestros orígenes. Y acepto que la naturaleza haya podido dedicar millones de años para crear a un ser humano cuyo único pasatiempo es la destrucción de su propia especie en unos instantes.
Acepto la búsqueda del beneficio como fin supremo de la Humanidad y la acumulación de riqueza como realización de la vida humana.
Acepto la destrucción de los bosques, la casi desaparición de los peces en los ríos y en nuestros océanos.
Acepto el aumento de la polución industrial y la dispersión de venenos químicos y de elementos radiactivos en la naturaleza.Acepto la utilizacion de toda clase de aditivos químicos en mi alimentación, porque estoy convencido de que si se añaden es porque son útiles e inócuos.
Acepto la guerra económica que actúa con rigor sobre el planeta, aunque siento que nos lleva hacia una catástrofe sin precedentes.
Acepto esta situación, y supongo que no puedo hacer nada para cambiarla o mejorarla.Acepto ser tratado como ganado porque definitivamente pienso que no valgo más.

ACEPTO NO PLANTEAR NINGUNA CUESTIÓN, CERRAR LOS OJOS SOBRE TODO ESTO Y NO FORMULAR NINGUNA OPOSICIÓN VERDADERA, PORQUE ESTOY DEMASIADO OCUPADO POR MI VIDA Y MIS PREOCUPACIONES.INCLUSO ACEPTO DEFENDER A MUERTE ESTE CONTRATO SI USTED ME LO PIDE.ACEPTO PUES, EN MI ALMA Y CONCIENCIA Y DEFINITIVAMENTE ESTA MATRIZ TRISTE QUE USTED COLOCA DELANTE DE MIS OJOS PARA ABSTENERME DE VER LA REALIDAD DE LAS COSAS.

Sé que todos ustedes actúan por mi bien y el de todos, y por eso les doy las gracias.