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sábado 28 de febrero de 2009

ANIMALES DE PODER: EL CABALLO


CABALLO:
Poder/ Resistencia

El caballo aparece en casi todos los escritos mitológicos, las leyendas y las realidades. Está el Pegaso de poderosas alas, el caballo de ocho patas del dios nórdico Odin, los corceles del dios del sol hindú, los corceles de Apolo, y muchos más. Muchas leyendas mencionan que el caballo es clarividente y capaz de percibir a los humanos con poderes mágicos. Ningún otro animal le ha dado al hombre la libertad física de movimiento que el caballo le ha dado.

Si te sientes atraído a Caballo, sientes un poder en tu espíritu que a veces es difícil de controlar. Caballo es un símbolo de lealtad y devoción, de amor y fe incuestionables hacia su amo. Te gusta mucho viajar, y tienes más que una pizca de gitano en tu alma. Caballo también es tu espíritu guerrero —el valiente guerrero que te da seguridad en tus viajes, tanto físicos como metafísicos. La medicina de Caballo incluye el poder, el vigor, la resistencia, la fidelidad, la libertad de correr libre, el control del ambiente, la consciencia del poder logrado con verdadera cooperación, la comunicación entre las especies, el poder de expandir las propias habilidades potenciales, la amistad y la cooperación, los viajes, los viajes astrales, guardián de los viajeros, avisa de posibles peligros, guía para superar los obstáculos.

viernes 27 de febrero de 2009

ANIMALES DE PODER: EL BÚHO


BÚHO:
Intuición / Clarividencia
Existen búhos de todos tamaños, desde uno miniatura que habita en los cactus del desierto, hasta el gran búho cornado, que es la única ave que puede ganarle en vuelo al águila dorada. Un gran búho cornado adulto es una criatura que inspira admiración. Sus garras están cubiertas de plumas, pareciéndose mucho a las patas de una cría de gato montés. Es carnívoro, lo cual significa que puede ser un guerrero feroz si es retado, o si algo cercano a él es amenazado. A menudo es referido como Águila Nocturna. Búho vive de noche. Tiene una gran consciencia en todo momento de todo lo que hay a su alrededor. Posee visión depredadora, lo cual significa que ve claramente todo. Tiene una gran intuición: es el tótem de los psíquicos y clarividentes. Posee la valentía de seguir sus instintos.

La medicina de Búho incluye el poder de ver detrás de las máscaras, el movimiento silencioso y veloz, la visión aguda, mensajero de secretos y premoniciones, el cambio de formas, el enlace entre el mundo oscuro e invisible y el mundo de luz, el sentirse cómodo con la sombra, el poder de la luna, la libertad.

jueves 26 de febrero de 2009

ANIMALES DE PODER: EL BÚFALO


BÚFALO:
Abundancia / Gratitud
El búfalo es considerado por muchas tribus como un símbolo de abundancia: su carne alimentaba a la gente, las pieles proveían ropa y refugio, los huesos y tendones proveían herramientas de supervivencia, las pezuñas proveían pegamento. Según la tradición Lakota, la Mujer Ternero de Búfalo Blanco les entregó la Pipa Sagrada, prometiéndoles abundancia en tanto honraran mediante el rezo al Gran Espíritu y a todas sus relaciones, es decir, a las otras creaciones de la naturaleza.
La Medicina de Búfalo significa un honor, reverencia o aprecio especial por todas las cosas que la Tierra ofrece a sus hijos. Es también saber que la abundancia está presente cuando se honran todas las relaciones como algo sagrado, y cuando se expresa gratitud a cada parte viviente de la Creación.
Búfalo señala el momento de volver a conectarte con el significado de la vida y el valor de la paz, alabar los regalos que ya posees, y reconocer y honrar lo sagrado de todos los caminos, aunque sean diferentes al tuyo.

miércoles 25 de febrero de 2009

ANIMALES DE PODER: EL ÁGUILA


ÁGUILA:
Espíritu / Valentía
Las plumas de Águila son usadas en todo el mundo como herramientas ceremoniales, y son consideradas como las herramientas de curación más sagradas. Son un símbolo de poder, curación y sabiduría. Águila representa un estado de gracia que se alcanza mediante el trabajo, la comprensión y el cumplimiento de las pruebas de iniciación que resultan de recuperar nuestro poder personal. La Medicina de Águila es el Poder del Gran Espíritu. Es el espíritu de la tenacidad. Es el don de la visión clara, con la que verdaderamente se ven las cosas que se miran. Es la paciencia para esperar el momento oportuno. Es vivir en equilibrio con la tierra y los cielos.
Águila te recuerda de tu conexión con el Gran Espíritu. Te avisa que el universo te está presentando la oportunidad de volar por encima de los niveles mundanos de tu vida, o por encima de la sombra de realidades pasadas. Águila te enseña a mirar alto para tocar al Abuelo Sol con tu corazón, a amar la sombra tanto como la luz. Águila te pide que te des el permiso de la libertad, para alcanzar la alegría que tu corazón desea.

martes 24 de febrero de 2009

TU ANIMAL DE PODER


Los Animales de Poder no necesariamente son animales exóticos: pueden ser cualquier animal de las familias de los mamíferos, reptiles, insectos o aves. O podría ser un animal mítico, como el Unicornio o el Pegaso. Por otro lado, tu Animal personal de Poder puede cambiar varias veces en tu vida, dependiendo de tus necesidades específicas.
En esta sección están las características de varios Animales de Poder. Si ya conoces el tuyo, busca aquí su descripción. Si no lo conoces, ¡pide conocerlo! Simplemente pídeselo a tus Consejeros, Guías, Yo Superior, a ti mismo. La respuesta podría llegarte de diversas formas:
En sueños
Al soñar con un animal que tenga un significado especial dentro del sueño mismo.

Por mensajes indirectos
Al escuchar o ver el nombre de algún animal varias veces durante tu vida cotidiana, en las noticias, la televisión, en comentarios de amigos, etc.

Por mensajes directos
Al ver físicamente a un animal más de dos veces.

En meditación
Los Animales de Poder se revelan y se identifican a sí mismos como tales.

Por instinto o intuición
Nos sentimos especialmente atraídos a ellos a lo largo de nuestras vidas.

Por medio de un shamán
Al pedirle a alguien especialmente intuitivo que averigüe y nos diga cuál es nuestro Animal de Poder. Si ya estás consciente de tu Animal de Poder, puedes pedirle poder adicional en cualquier situación. También puedes utilizar esta sección como un oráculo, de nuevo confiando en tu intuición al elegir un Animal para leer sus características. O puedes leerlos todos y aprender algo de cada uno...

lunes 23 de febrero de 2009

ANIMALES DE PODER: INTRODUCCIÓN


Todas las cosas del Universo tienen espíritu y vida. Las rocas, la tierra, el cielo, las aguas, las plantas y los animales son diferentes expresiones de consciencia, en reinos y realidades diferentes. Y todas las cosas del Universo saben de su Armonía con todo lo demás, y saben como Darse uno al otro. Excepto el hombre. De todas las criaturas del Universo, sólo nosotros no comenzamos nuestras vidas con el conocimiento de esta gran Armonía. Nuestro espíritu puede llegar a ser completo mediante aprender a buscar y a percibir, aprender sobre nuestra propia Armonía con todos nuestros hermanos del Universo.
Cada uno de nosotros tiene un animal particular como su Medicina personal. Los Tótems o Animales personales de Poder son los espíritus protectores que nos ayudan tanto en nuestra vida cotidiana como en nuestra búsqueda espiritual de Armonía. Estos Animales de Poder son comúnmente un reflejo de tu yo más profundo, y también representan las cualidades que necesitas en este mundo, pero que con frecuencia están ocultas u oscurecidas.

Citando a Jamie Sams y David Carson:

Cuando exhortas el poder de un animal, estás pidiendo ser envuelto en armonía completa con la fortaleza de la esencia de esa criatura. Adquirir comprensión de estos hermanos y hermanas es un proceso de curación, y debe ser abordado con
humildad e intuición. Ciertos aspectos de las lecciones dadas por estas criaturas han sido elegidos para reflejar las lecciones que cada espíritu necesita aprender en el Buen Camino Rojo. Estas son las lecciones de ser humano, de ser vulnerable y de buscar la totalidad con todo lo que existe. Son parte del
camino hacia el Poder. El Poder yace en la sabiduría y la comprensión del papel de uno en el Gran Misterio, y en honrar el hecho de que cada cosa viviente es un Maestro. (Medicine Cards)

domingo 22 de febrero de 2009

EL NAGUAL (O "NAHUAL")


Si buscamos en las enciclopedias de lexico mexicanas la palabra "Nagual "encontraremos la siguiente definición :

"nagual o nahual. (Del náhuatl nahualli.) m. 1. Animal (la leyenda más común dice que es un perro negro muy peludo) en que se convierte un brujo."

Pero esta descripción se nos quedará muy corta y confusa ya que su significado abarca mucho más que dicha definición.

La palabra Nagual o nahual proviene de una cultura anterior a la Maya. Desde tiempos de los Olmecas y posteriormente Toltecas hasta llegar al periodo previo a la conquista del imperio Azteca por los españoles se había considerado a los pueblos nahuas como los herederos de las artesla sabiduría y perfección del ser humano.

Los pueblos indigenas de aquellas épocas se consideraban por tanto poseedores de tales virtudes, atribuidas a los pueblos nahuas.

Existía una escuela o consejo llamada Calmecatl destinada a capacitar a todos aquellos hombres que aceptaran y siguieran las doctrinas de la Toltequidad, quienes una vez iniciados, generalmente eran denominados "Guerreros" aunque también se conocen otras definiciones como "Aguila" o el tigre Jaguar.

Esta definición de guerrero no tenía nada que ver con su sentido literal sino con el concepto de la lucha más importante que un ser humano puede llevar a cabo: hacer despertar la consciencia o como suelen decir algunos: florecer el corazón.

En la escuela Calmecatl lo principal o básico residía en la capacidad de aprender a través de la observación, la búsqueda y la investigación.

El principio de la Toltequidad se basaba en una partición o división del mundo en tres conceptos:

1º Lo conocido
2º Lo que no se conoce pero se puede conocer
3º Lo que jamás se conocerá.

Así mismo los toltecas añadían a lo ya conocido del mundo por todos nosotros un concepto energético, es decir para ellos todo está compuesto de diferentes cargas energéticas.

Así, mientras que el mundo normal o cotidiano lo podemos percibir a través del razonamiento, cuando nos adentramos en el mundo de la toltequidad sólo es perceptible si somos capaces de evitar el uso de la razón.

A fin de entender este concepto es necesario recordar que la conformación del cuerpo humano no es solamente lo que nuestros ojos son capaces de ver. Es decirla materia de la que estamos hechos está formada por células, las cuales poseen moléculas y éstas a su vez están formadas por átomos. De esta forma llegaremos a la conclusión de que: al ser el átomo una carga energética, el cuerpo en si será un conjunto de dichas cargas y por lo tanto se puede describir como un "ser energético" o luminoso.

Debido a dicho concepto, los toltecas no ven el mundo compuesto solamente por lo objetos materiales sino que los campos de energía que los envuelven son los que constituirían la única realidad transcendental a la que denominaban "emanaciones del aguila".

Con el fin de asimilar todo lo que el mundo de la toltequidad puede ofrecer a quien se ha adentrado en éllos toltecas hacían referencia a lo que ellos llamaban "El Diálogo Interno"donde el iniciado lleva a cabo una conversación mental consigo mismo de forma constante, asimilando lo recibido de la forma más próxima a su conocimiento.

De acuerdo con los principios de la toltequidad todas aquellas facultades y capacidades del conocimiento se incluyen en el cuerpo humano el cual posee una estrecha relación con el cosmos y la Tierra.

Así en la toltequidad se diferencian dos aspectos del conocimiento: el que vendría a llamarse "Tonal"y que se correspondería con la consciencia racional o "normal"al que se le asignaría el lado derecho del cuerpo y el denominado "Nagual"que se corresponderí a con el aspecto sutil de la consciencia, es decir el estado alterado de consciencia y que se relacionaría con el lado izquierdo del cuerpo humano.

Es en este campo o aspecto del " Nagual"donde el maestro induce al aprendiz con el fin de que acceda a sus conocimientos ya que cuando el aprendiz regresa al estado del mundo "Tonal"con frecuencia no recuerda los conocimientos adquiridos. De ahí que para recordar las enseñanzas el aprendiz deba de realizar otro proceso posterior donde habrá hecho un gran acopio de energía.

En la Calmecatl el mundo "Tonal" es el espacio destinado a la vida común y ordinaria del ser humano donde encontramos el sentido y significado razonable a nuestra existencia pero limitado por los conceptos de la razón mientras que en el mundo "Nagual" sería todo lo que no estuviese comprendido dentro del mundo "tonal"es decirla razón no puede entender su concepto aunque sí puede atestiguarlo mediante la experiencia. De ahí que al "Guerrero" no le inquiete demasiado el no entender o racionalizar la experiencia del mundo del "Nagual" ya que su incomprensión no le resta experimentarlo.

Para la evolución del "Guerrero" es fundamental la armonía y el equilibrio entre los dos mundos del "Tonal" y el " Nagual" ya que cada uno de ellos se sustenta en el otro. Así si el "Tonal" es fuerte pero a la vez flexible podrá permitir actuar al "Nagual" ya que cuanto más se fortalece el Tonal menos se aferra a las ideas y los hechos permitiendo por tanto una mejor actuación del "Nagual" ya que para experimentar el "Nagual" sólo necesita disponer de la suficiente energía que le será facilitada por la fluidez y flexibilidad del Tonal.

El "Guerrero" aprende la diferencia entre "mirar" y "ver"consistente básicamente en que "mirar" es poder cerciorarse que lo que percibe a través de la vista es lo que la razón le dice del mundo mientras que "ver" representa la capacidad del ser humano para percibir o intuir otras realidades del mundo.

Pero existen otras definiciones o aspectos sobre lo que es un "Nagual" o "Nahual" para ello recogeremos las leyendas que se refieren a la época de la llegada de los españoles a Mexico.

Según cuentan las leyendas cuando los españoles iniciaron la conquista del Imperio azteca hubieron muchos maestros de las escuelas Calmecatl que se ocultaron en lugares donde no pudiesen ser descubiertos. Algunos de estos maestros se ocultaron en Tula para reunirse posteriormente al pie de los atlantes.

Debido a que Hernán Cortés envió a sus soldados en busca de estos maestros sin obtener resultados positivos empezaron a correr historias sobre los mismos diciendo que estos maestros a los que se conocian como "naguales"se transformaban en lobos o coyotes para atacar a las mujeres y poder comerse a los bebés. De esta manera se pretendía que los campesinos no ayudasen a los "naguales". De ahí surgieron posteriormente todas las historias que hablaban del "Nagual" como un brujo que se convertía en Lobo o coyote en las mejores de la veces adoptando también otras formas según las historias que han llegado hasta hoy.

De hecho cuando el "Nagual" era capturado por los soldados de Hernán Cortés no se rendia luchando hasta la muerte ya que preferían morir a caer en manos de la Santa inquisición. Lo que reforzaba las creencias de los Inquisidores al decir que esos indios estaban poseidos por los demonios al preferir morir que entregarse.

De acuerdo con las tradiciones de los descendientes de estos "naguales"existen una serie de condicionantes que son de obligado cumplimiento para el "Nagual"estos son:

*No responder con la violencia aún en defensa propia salvo en caso de vida o muerte.

*No afectarse por los insultos pues sólo las acciones pueden afectar.

*Atender a las personas que acudan pidiendo ayuda sin pedir nada a cambio.

*Lo importante es la intención perseverar siempre en la acción.

*Defender la justicia sin venganza.

*Propiciar siempre la paz.

Existen otros fragmentos referentes al Nagual a continuación, exponemos una pequeña selección del libro The Rule of the Nagualde Carlos Castaneda.

"El poder que gobierna el destino de todas las criaturas vivientes se llama: El Águila no porque sea un águila o tenga nada que ver con un águila sino que para el visionario aparece como un águila negra inmensa de pié como la águilas se paran su altura llegando al infinito."

"El Águila aquel poder que gobierna los destinos de todas las criaturas vivientes es el reflejo y al mismo tiempo contiene todos los seres vivientes." "Con el propósito de guiar a las criaturas hacia la ventana.

El Águila creó El Nagual. El Nagual es una criatura dual a quien "el plan" ha sido revelado. Así sea en la forma de un animal una planta o cualquier otra cosa viviente El Nagual por virtud de su doble existencia está siempre destinado a buscar la ventana."


Otras definiciones y aspectos referentes al Nahual lo encontramos en el personaje de D. Juan Matus descrito por Carlos Castanedaen el libro "Pases Magicos" de donde exponemos un extracto.

"En cierta oportunidad interrogué a don Juan acerca de algo que desde hacía tiempo me venía preocupando. Él había afirmado que los brujos del antiguo México descubrieron los pases mágicos que constituían una especie de tesoro oculto en las profundidades del tiempo para que el hombre lo pudiera descubrir. Quería saber quién ocultaba algo así para que el ser humano lo encontrara. La única idea que me podía formar al respecto provenía del catolicismo. Pensé que ese "alguien" podía ser Dios o un ángel de la guardao el Espíritu Santo.

-No es el Espíritu Santo-me dijo don Juan-que sólo es santo para ti porque secretamente eres católico. Y por cierto que no es Dios el padre benévolo que tú imaginas cuando utilizas el término "Dios". Tampoco es una diosa, una madre que nutre al hombre y lo cuida como muchos creen. Es más bien una fuerza impersonal que dispone de infinitas posibilidades para ofrecer a quienes se atreven a buscarlas. Es una fuerza en el universo como la luz o la gravedad. Es un factor aglutinante, una fuerza vibratoria que reúne el conglomerado de campos energéticos que son los seres humanos en una sola unidad concisa y coherente. Esa fuerza vibratoria es el factor que impide la entrada o salida de energía de la esfera lumínosa.

"Los brujos del antiguo México-prosiguió -creían que la ejecución de sus pases mágicos era el único factor que preparaba y conducía el cuerpo hacia la corroboración trascendental de la existencia de dicha fuerza aglutinadora.

A partir de las explicaciones de don Juan llegué a la conclusión de que la fuerza vibratoria de que hablaba esa fuerza que aglutina nuestros campos de energía es aparentemente similar a lo que los astrónomos de la modernidad creen que sucede en el núcleo de todas las galaxias que existen en el cosmos. La teoría es que en el núcleo o centro de esas galaxias una fuerza de incalculable potencia mantiene en su sitio las estrellas que conforman cada galaxia. Esa fuerza denominada "agujero negro"es una interpretación teórica que parecería ofrecer la explicación más razonable de por qué las estrellas no se dispersan, impulsadas por su propia velocidad de rotación.

Don Juan decía que los antiguos brujos sabían que los seres humanos consideran como conglomerados de campos energéticos deben su cohesión no a una envoltura o a ligamentos a una vibración que mantienea un tiempo la unión y la vida. Don Juan explicaba que esos brujos gracias a sus prácticas y su disciplinase volvían capaces de manejar esa fuerza vibratoria una vez que tomaban plena conciencia de ella. La pericia en ese manejo se volvió tan extraordinaria que sus acciones se transformaron en leyendas en hechos mitológicos que sólo existían como fábulas. Por ejemplo una de las historias que don Juan contaba sobre los brujos de la antiguedad decía que eran capaces de disolver su masa física con sólo poner el total de su conciencia y de su intento en esa fuerza.

Don Juan afirmaba quea pesar de que eran capaces de pasar por el ojo de una aguja si lo consideraban necesario nunca llegaron a sentirse del todo satisfechos con los resultados de esa maniobra de disolución de su masa. El motivo de su descontento era que una vez que la masa había sido disuelta su capacidad de actuar desaparecía. Sólo les quedaba la alternativa de ser testigos de hechos en los que les resultaba imposible participar. La consiguiente frustración consecuencia de quedar incapacitados para la acción se convirtió según don Juan en la falla que los condenaría: su obsesión por descubrir la naturaleza de esa fuerza vibratoria una obsesión nacida a partir de ser concretos hacía que desearan poder retener y controlar esa fuerza. Su deseo ferviente era lograr ese control a partir de una condición fantasmagórica carente de masa física. Algo que, según don Juan, era imposible de lograr.

Los practicantes de nuestros días, herederos culturales de aquellos brujos de la antiguedad optaron una vez descubierta la imposibilidad de manejar la fuerza vibratoria a partir de una posición concreta y utilitaria por la única alternativa racional: tomar conciencia de esa fuerza sin buscar otro propósito que la elegancia y bienestar que brinda el conocimiento. "

Como conclusión deberemos de entender al "Nahual" como al maestro de los aprendices de brujo y chamanes, el que transmitirá a éstos, las enseñanzas recogidas durante cientos de generaciones.

sábado 21 de febrero de 2009

EL CHAMANISMO Y LOS NAHUALES


Mircea Eliade en su libro El Chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis, ya apuntaba sobre lo peligroso que era el concepto de chamán al momento de extrapolarlo fuera de su propio contexto cultural. En el capítulo inicial denominado Generalidades.. nos dice:

Desde que principió el siglo, los etnólogos adoptaron la costumbre de emplear indistintamente los términos chamán, hombre médico, hechicero o mago, para designar a determinados individuos dotados de prestigios mágico-religiosos y reconocidos en toda sociedad primitiva.

El propósito de esta investigación es invitar a todo interesado en los estudios, tanto del chamanismo como del nahualismo a reflexionar sobre el uso de ambos conceptos, con la ayuda de algunos datos históricos, esperando contribuir con algunas de sus posibles relaciones. Cabe apuntar que estas relaciones, que de hecho son la conclusión de este trabajo, sólo las hago a partir de dos diferencias básicas que encuentro entre el chamán y el nahual. La primera es la implicación indispensable en las labores de gobierno del nahual y la segunda es la caracterización divina del nahual.

El chamanismo

En la década de los años 50 aparece ya bastante consolidada la fenomenología de la religión con Mircea Eliade. En 1951, Eliade acepta la diversidad de los hechos humanos, pero también la posible permanencia, a lo largo de grandes escalas de tiempo, de un mismo tipo de hecho religioso. Tras su incomparable conocimiento de los fenómenos religiosos dirá que es necesario distinguir, a un tipo de especialista de lo sagrado, al chamán. Acertadamente apunta sobre la imprecisión de los términos mago, hechicero, brujo y sacerdote, que se utilizan para distinguir a otros términos vagos como magia, mística, brujería y religión.

Para Eliade el chamán es el especialista en una técnica del éxtasis, aquella que le permite viajar al cielo o al infierno, para contactar con lo divino, es decir, con los espíritus para que le ayuden a resolver un problema de su comunidad.

Nos aclara que puede existir “el viaje” a los otros mundos, pero que sin éxtasis, quien lo logra no necesariamente es un chamán. Esto lo aclara en una importante cita que dice:

Tipológicamente todos estos actos de viaje transespacial y de contacto con los espíritus divinos, pertenecen a la misma estructura; cada uno, en el plano que le corresponde (...) la única diferencia consiste en la intensidad de la experiencia chamánica que como sabemos , lleva aparejados el éxtasis y el trance (...)

Ya hemos visto como la facultad de volar puede obtenerse de muchas maneras: trance chamánico, éxtasis místico, rapto espiritual, técnicas mágicas y también por medio de una severa disciplina psicomental (...)

Esta diversidad de técnicas corresponde, sin duda a la diversidad de experiencias, y a la vez, aunque en menor grado, a ideologías diferentes (...)

Este poder mágico (...) está incluido en un conjunto teocosmológico mucho más basto que las distintas ideologías chamánicas.

Además nos dice que lo más común es encontrar al chamán junto con otros especialistas como magos, hechiceros y sacerdotes. Aunque llega a realizar ciertas labores religiosas, el chamán no es un sacerdote, más bien se aleja de la comunidad, es el místico solitario. Incluso descubre cómo varios procesos de tipo chamánico son utilizados en rituales religiosos en varios pueblos del mundo, pero que son más bien gestos y ademanes de lo chamánico.

También destaca que hay ideologías de tipo chamánico en todo el mundo, pero que no necesariamente están siendo practicadas solo por el chamán. Los sacerdotes y los magos de la comunidad la comparten con él sin entrar en conflictos.

El nahual

En el estudio del nahual han intervenido otro tipo de corrientes teóricas que las apuntadas arriba para el campo del chamanismo. El hecho de que los procesos ideológicos constructivos de ambos conceptos sean muy distintos, se puede tomar como la primera diferencia. El concepto de chamán se ha construido dentro de la fenomenología de la religión. Con el nahual no se ha podido llegar a establecer algo tan claro y distintivo como la noción del chamán.

Podemos rastrear la identificación del anualismo como hecho de orden general para las culturas prehispánicas desde que se tomó en cuenta su generalidad a nivel etnológico. En l894, Brinton publicó Naguialism a Study in American Folklore and History. Aquí concluye que el nahualismo lejos de ser un residuo incoherente de supercherías, es la perpetuación de una muy bien definida parte del culto nativo. Después Foster, en 1944 publica la obra Nagualism in México and Guatemala. Apoyado en una gran cantidad de estudios etnológicos y utilizando datos etnohistóricos, demuestra tres hechos de suma importancia para cualquier estudio próximo del nahualismo. El primero es que el nahualismo no era ni es la única forma de magia y conociemiento de lo sobrenatural que ha existido en todo el actual territorio mexicano y de Centroamérica. Lo segundo es que el nahualismo incluye claramente la creencia en una transformación animal, así como la de una entidad anímica humana que nace y muere con la persona. Los indígenas contemporáneos dicen que este doble es un animal, una sombra o un fenómeno meteórico y que de acuerdo a la naturaleza y suerte de éste, así también será la naturaleza y suerte del individuo. Lo tercero es que acertadamente apunta que esta concepción del doble como alter-ego, es inherente pero no exclusiva del nahualismo.

A este respecto, es válida la duda que provoca Brasseur de Bourboug, cuando asegura que el concepto de nahual era una forma especial de “brujería”, que no se conoció en el área maya hasta la incursión de pueblos en el Istmo de Tehuantepec y el actual Estado de Chiapas, lo que calculaba para fines del periodo clásico, 800 d.C., Marie Odile Marion, etnóloga de reconocida experiencia de trabajo entre los lacandones, ha confirmado que entre ellos no existe la práctica del nahualismo como una transformación animal, pero si la creencia del un alter-ego al que pueden conocer durante los sueños. Sin embargo, la palabra nahual si la utilizan, para dar cuenta del animal onírico de sus vecinos, los tzeltales, quienes si conocen el nahualismo.

Tal vez Foster ya estaba consciente de la propuesta de Paul Kirchhoff publicada el anterior año del 43. En ésta, Kirchhoff proponía el término de “Mesoamérica” para designarla como una superárea cultural que incluía tanto parte de México como al territorio de Guatemala y parte de Centroamérica.

A partir de entonces los trabajos más destacados sobre el nahualismo para la época prehispánica se han logrado utilizando la analogía como base metodológica; esta ha probado ser capaz de enriquecer y aclarar el concepto de nahual que cada vez se vuelve más importante para la comprensión del esquema de vida indígena.

Una de las estructura sociales que permitieron la comunicación de manera intensa y continua entre estos pueblos fue la ideológica. En esta se incluye tanto a la política como a la religión. De ambas subestructuras podemos encontrar un continuo proceso de desarrollo que duró desde la cultura olmeca, 1500 a.C., hasta el momento de la conquista española. Las sociedades indígenas, como todas las sociedades estaban sujetas al cambio constante de la historia, la intensidad y los límites espaciales de dichas relaciones que fueron bastante fluctuantes a lo largo del tiempo. En este sentido, no podemos pensar el nahualismo como un hecho idéntico en todo lo ancho y largo del espacio indígena.

Su estructura ideológica por su propia naturaleza de alta coherencia se mantuvo fuerte a lo largo del tiempo. Pero dentro de la ideología hay distintos niveles o sistemas de relaciones sociales que deben considerarse. Una de estas distinciones es la que se puede establecer entre lo esotérico y lo exotérico. Esta distinción nos muestra dos niveles conceptuales que tienen un devenir histórico de distinta calidad y que permanecen como dos estratos ideológicos interdependientes, pero en gran medida independientes.

López Austin en un trabajo sobre las concepciones del cuerpo entre los nahuas, utiliza la analogía con los estudios etnológicos, para elucidar de mejor manera el concepto de nahual que tenían los nahuas del siglo XVI. De este estudio surge una definición que es bastante importante en cuanto que da cuenta de un aspecto esotérico del nahualismo, dice:

NAHUALLI, en la concepción exotérica:
Ser que puede transformarse en otro.
Ser en el que se transforma.
NAHUALLI, en la concepción esotérica:
Ser que puede separarse de su IHI0YOTL (entidad anímica localizada en el hígado) y cubrirlo en el exterior con otro ser.
El IHYOTL mismo.
Ser que recibe dentro del sí el IHYOTL de otro.

También debemos pensar en los distintos niveles inherentes a cada una de las prácticas mágico-religiosas.

En caso de que se afirme que el nahual es solo una técnica de lo sagrado, se debe aclarar que tipo de técnica. Por ejemplo, no podemos equiparar el concepto de “wuáay” yucateco con el de nahual, porque ambos términos traten con poderes mágicos; wuáay se refiere a gente que te hace ver visiones o que te ilusiona, mientras que al nahual se le identifica más como un fenómeno de transformación o de acuerdo a los apuntado por López Austin, de posesión y permitir ser poseído. Incluso es posible que el wuáay encuentre su explicación esotérica también en la posesión, sin embargo, puede existir aún la diferencia por la calidad de la posesión.

Al estudiar el nahualismo, debemos considerar también los distintos estratos de lo social, precisando donde está su identidad y permanencia, ¿en la práctica personal de transformación o en el grupo de individuos que tenían el poder político?, es decir, ¿hasta qué punto el concepto de nahual se refiere a un individuo como en el caso del chamán o se refiere a un elemento ideológico de mayor complejidad dentro del cual se incluyen ciertos practicantes que se llaman nahuales?.

Para nuestra religión, las fuentes escritas inquisitoriales de la colonia española apuntan que el nahualismo no se refiere exclusivamente como el chamansimo a un individuo. Al contrario del chamán que, como apunta Eliade, es alguien que trata de mantener su individualidad, el nahual aparece implicado dentro de organizaciones grupales, actuando de manera significativa en la vida política de sus comunidades. Claros ejemplos de esto aparecen en los textos inquisitoriales presentados por Dolores Aramoni; en los registros de fuentes coloniales de Chiapas escritos por Carlos Navarrete; en los textos de legitimación de tierras de la península de Yucatán, presentados por los Scholes y Roys, como son el Códice Canklini y los títulos de la provincia de Acalan; para el centro de México están los trabajos de Carrasco sobre el calpulli mexihca, finalmente es también un ejemplo el trabajo de Fábregas Puig, sobre las jefaturas Zoque.

Ahora veamos algunos casos donde posiblemente exista una relación entre esa parentela y el poder político y los nahuales. Entre los nahuas tezcocanos (López Austin) y los mexihcas que estaban organizados por la unidad doméstica del calpulli, son claros lo casos de Netzahualcoyotl y Motecuhzoma Xocoyotzin (Aguirre Beltrán) respectivamente, quienes eran reconocidos como nahuales. El caso de éste último, descrito por Durán, es claro para entender que si bien Motecuhzoma Xocoyotzin era nahual, también contaba con un grupo de especialista en el viaje a otro mundo.

El término de QUETZALCOATL es registrado por Sahagún (Historia General, 1985) como de nahual y dirigente político. Nos dice que los nacidos bajo el signo de EHECATL, signo calendárico de esta deidad, si eran nobles, serían nahual y por supuesto ocuparían cargos de gobierno. Si era un plebeyo tendría también poderes, pero de hechicería. Esto nos hace pensar que en los territorios donde aparece el nombre de QUETZALCOATL tendremos un nahual, pero este cargo no abarcaba todas las artes mágicas y de poder. Davis apunta que para los toltecas la representación principal además de tener el nombre de TONATIUH, Sol, recibía el nombre de QUETZALCOATL.

Desde la época de construcción del llamado templo de QUETZALCOATL en Teotihuacan, 450 d.C., hasta la época mexihca en toda la cuenca de México, incluyendo el área de la huasteca en sus épocas tardías, (Lorenzo Ochoa, 1984) se puede apreciar la asociación de Quetzalcoatl con el gobierno. Esto es patente en algunos sitios que florecieron durante el llamado periodo Epiclásico, del 759 al 1100 d.C., algunos ejemplos son: Tula, Hidalgo (Acosta), Xochicalco (Piña Chang), Cholula (Davis, 1982), Cacaxtla (Piña Chang) y Chichén Itza (Acosta).

De hecho, ya desde 1861, Brasseur de Bourboug, apuntaba que la idea del nahual como poder de “transformación” con implicaciones mágico-políticas era de origen tolteca. Aunque esto no es del todo seguro. La evidencia proporcionada por Sahún en su libro III donde narra el mito sucedido en Tula, lo confirma. Cabe recordar que algunos investigadores ubican a la Tula mítica en el estado de Hidalgo, otros en el actual pueblo de San Teotihuacan, de cualquier manera en ambos casos aparece la serpiente emplumada. Sin embargo es importante considerar que aún cuando fuera cierto lo propuesto por Sahagún y por Brasseur de Bourboug, no fueron solo los toltecas los que conformaron las organizaciones políticas de los sitios sobre los que influyeron.

Lo demuestra el hecho de que Teotihuacan, Tula y Chichén Itzá, esta última, durante su ocupación tolteca, no muestran en su arte monumental un locativo, un rostro o algún rasgo que permita resaltar la jerarquía de uno, o un pequeño grupo de personajes. En cambio Xochicalco, (Hertz) también de influencia tolteca y con el culto de QUETZALCOATL, si muestra un locativo asociado a personajes.

En el área del sureste y Oaxaca sólo las estructuras arquitectónicas y las imágenes artísticas, incluyendo los grabados jeroglíficos y algunos códices quedan para el investigador. Diversos estudios de patrón de asentamiento, áreas de actividad e interpretación iconográfica (Flanery, Adams, W. R. Coe) están de acuerdo que desde el Periodo Formativo Tardío Prleclásico, se viene desarrollando en ésta zona un modelo político que se corresponde con este mismo de jefaturas organizadas por un parentesco cónico (Sahlins, Sarmiento, Cabrera) que sujeta su prestigio como en el caso del centro, al militarismo y al poder religioso. Sin embargo, el esquema político parece diferir en la forma de la organización con respecto a la del centro de México y los periodos Postclásico y Colonial de ocupación quiché, que son de clara influencia tolteca.

(*)Fuente: Gustavo Aviña Cereceres Profesor de la UNAM

viernes 20 de febrero de 2009

EL ELFO DEL ROSAL


En el centro de un jardín crecía un rosal cuajado de rosas y en una de ellas, la más hermosa de todas, habitaba un elfo tan pequeñín que ningún ojo humano podía distinguirlo. Detrás de cada pétalo de la rosa tenía un dormitorio. Era tan bien educado y tan guapo como pueda serlo un niño, y tenía alas que le llegaban desde los hombros hasta los pies. ¡Oh, y qué aroma exhalaban sus habitaciones, y qué claras y hermosas eran las paredes! No eran otra cosa sino los pétalos de la flor, de color rosa pálido.
Se pasaba el día gozando de la luz del sol, volando de flor en flor, bailando sobre las alas de la inquieta mariposa y midiendo los pasos que necesitaba dar para recorrer todos los caminos y senderos que hay en una sola hoja de tilo. Son lo que nosotros llamamos las nervaduras; para él eran caminos y sendas, ¡y no poco largos! Antes de haberlos recorrido todos, se había puesto el sol; claro que había empezado algo tarde.
Se enfrió el ambiente, cayó el rocío, mientras soplaba el viento; lo mejor era retirarse a casa. El elfo echó a correr cuando pudo, pero la rosa se había cerrado y no pudo entrar, y ninguna otra quedaba abierta. El pobre elfo se asustó no poco. Nunca había salido de noche, siempre había permanecido en casita, dormitando tras los tibios pétalos. ¡Ay, su imprudencia le iba a costar la vida!
Sabiendo que en el extremo opuesto del jardín había una glorieta recubierta de bella madreselva cuyas flores parecían trompetillas pintadas, decidió refugiarse en una de ellas y aguardar la mañana.
Se trasladó volando a la glorieta. ¡Cuidado! Dentro había dos personas, un hombre joven y guapo y una hermosísima muchacha; sentados uno junto al otro, deseaban no tener que separarse en toda la eternidad; se querían con toda el alma, mucho más de lo que el mejor de los hijos pueda querer a su madre y a su padre.
-Y, no obstante, tenemos que separarnos -decía el joven­. Tu hermano nos odia; por eso me envía con una misión más allá de las montañas y los mares. ¡Adiós, mi dulce prometida, pues lo eres a pesar de todo!
Se besaron, y la muchacha, llorando, le dio una rosa después de haber estampado en ella un beso tan intenso y sentido que la flor se abrió. El elfo aprovechó la ocasión para introducirse en ella, reclinando la cabeza en los suaves pétalos fragantes; desde allí pudo oír perfectamente los adioses de la pareja. Y se dio cuenta de que la rosa era prendida en el pecho del doncel. ¡Ah, cómo palpitaba el corazón debajo! Eran tan violentos sus latidos, que el elfo no pudo pegar el ojo.
Pero la rosa no permaneció mucho tiempo prendida en el pecho. El hombre la tomó en su mano y, mientras caminaba solitario por el bosque oscuro, la besaba con tanta frecuencia y fuerza, que por poco ahoga a nuestro elfo. Éste podía percibir a través de la hoja el ardor de los labios del joven; y la rosa, por su parte, se había abierto como al calor del sol más cálido de mediodía.
Se acercó entonces otro hombre, sombrío y colérico; era el perverso hermano de la doncella. Sacando un afilado cuchillo de grandes dimensiones, lo clavó en el pecho del enamorado mientras éste besaba la rosa. Luego le cortó la cabeza y la enterró, junto con el cuerpo, en la tierra blanda del pie del tilo.
-Helo aquí olvidado y ausente -pensó aquel malvado-; no volverá jamás. Debía emprender un largo viaje a través de montes y océanos. Es fácil perder la vida en estas expediciones, y ha muerto. No volverá, y mi hermana no se atreverá a preguntarme por él.
Luego, con los pies, acumuló hojas secas sobre la tierra mullida, y se marchó a su casa a través de la noche oscura. Pero no iba solo, como creía; lo acompañaba el minúsculo elfo, montado en una enrollada hoja seca de tilo que se había adherido al pelo del criminal mientras enterraba a su víctima. Llevaba el sombrero puesto, y el elfo estaba sumido en profundas tinieblas, temblando de horror y de indignación por aquel abominable crimen.
El malvado llegó a casa al amanecer. Se quitó el sombrero y entró en el dormitorio de su hermana. La hermosa y lozana doncella yacía en su lecho soñando con aquél que tanto la amaba y que, según ella creía, se encontraba en aquellos momentos caminando por bosques y montañas. El perverso hermano se inclinó sobre ella con una risa diabólica, como sólo el demonio sabe reírse. Entonces la hoja seca se le cayó del pelo, quedando sobre el cubrecamas sin que él se diera cuenta. Luego salió de la habitación para acostarse unas horas. El elfo saltó de la hoja y, entrándose en el oído de la dormida muchacha, le contó, como en sueños, el horrible asesinato, describiéndole el lugar donde el hermano lo había perpetrado y aquel en que yacía el cadáver. Le habló también del tilo florido que crecía allí, y dijo:
-Para que no pienses que lo que acabo de contarte es sólo un sueño, encontrarás sobre tu cama una hoja seca.
Y, efectivamente, al despertar ella la hoja estaba allí. ¡Oh, qué amargas lágrimas vertió! ¡Y sin tener a nadie a quien poder confiar su dolor!
La ventana permaneció abierta todo el día; al elfo le hubiera sido fácil irse a las rosas y a todas las flores del jardín; pero no tuvo valor para abandonar a la afligida joven. En la ventana había un rosal de Bengala; se instaló en una de sus flores y se estuvo contemplando a la pobre doncella. Su hermano se presentó repetidamente en la habitación, alegre a pesar de su crimen; pero ella no osó decirle una palabra de su cuita.
No bien hubo oscurecido, la joven salió disimuladamente de la casa, se dirigió al bosque, al lugar donde crecía el tilo, y apartando las hojas y la tierra no tardó en encontrar el cuerpo del asesinado. ¡Ah, cómo lloró, y cómo rogó a Dios Nuestro Señor que le concediese la gracia de una pronta muerte!
Hubiera querido llevarse el cadáver a casa, pero al serle imposible cogió la cabeza lívida, con los cerrados ojos, y besando la fría boca sacudió la tierra adherida al hermoso cabello.
-¡La guardaré! -dijo, y después de haber cubierto el cuerpo con tierra y hojas, volvió a su casa con la cabeza y una ramita de jazmín que florecía en el sitio de la sepultura.
Llegada a su habitación, cogió la maceta más grande que pudo encontrar, depositó en ella la cabeza del muerto, la cubrió de tierra y plantó en ella la rama de jazmín.
-¡Adiós, adiós! -susurró el geniecillo, que, no pudiendo soportar por más tiempo aquel gran dolor, voló a su rosa del jardín. Pero estaba marchita; sólo unas pocas hojas amarillas colgaban aún del cáliz verde.
-¡Ah, qué pronto pasa lo bello y lo bueno! -suspiró el elfo. Por fin encontró otra rosa y estableció en ella su morada, detrás de sus delicados y fragantes pétalos.
Cada mañana se llegaba volando a la ventana de la desdichada muchacha, y siempre encontraba a ésta llorando junto a su maceta. Sus amargas lágrimas caían sobre la ramita de jazmín, la cual crecía y se ponía verde y lozana, mientras la palidez iba invadiendo las mejillas de la doncella. Brotaban nuevas ramillas y florecían blancos capullitos que ella besaba. El perverso hermano no cesaba de reñirle, preguntándole si se había vuelto loca. No podía soportarlo, ni comprender por qué lloraba continuamente sobre aquella maceta. Ignoraba qué ojos cerrados y qué rojos labios se estaban convirtiendo allí en tierra. La muchacha reclinaba la cabeza sobre la maceta, y el elfo de la rosa solía encontrarla allí dormida; entonces se deslizaba en su oído y le contaba de aquel anochecer en la glorieta, del aroma de la flor y del amor de los elfos; ella soñaba dulcemente. Un día, mientras se hallaba sumida en uno de estos sueños, se apagó su vida, y la muerte la acogió, misericordiosa. Se encontró en el cielo, junto al ser amado.
Y los jazmines abrieron sus blancas flores y esparcieron su maravilloso aroma característico; era su modo de llorar a la muerta.
El mal hermano se apropió la hermosa planta florida y la puso en su habitación, junto a la cama, pues era preciosa y su perfume una verdadera delicia. La siguió el pequeño elfo de la rosa, volando de florecilla en florecilla, en cada una de las cuales habitaba una almita, y les habló del joven inmolado cuya cabeza era ahora tierra entre la tierra, y les habló también del malvado hermano y de la desdichada hermana.
-¡Lo sabemos -decía cada alma de las flores-, lo sabemos! ¿No brotamos acaso de los ojos y de los labios del asesinado? ¡Lo sabemos, lo sabemos! -y hacían con la cabeza unos gestos significativos.
El elfo no lograba comprender cómo podían estarse tan quietas, y se fue volando en busca de las abejas, que recogían miel, y les contó la historia del malvado hermano, y las abejas lo dijeron a su reina, la cual dio orden de que, a la mañana siguiente, dieran muerte al asesino.
Pero la noche anterior, la primera que siguió al fallecimiento de la hermana, al quedarse dormido el malvado en su cama junto al oloroso jazmín, se abrieron todos los cálices; invisibles, pero armadas de ponzoñosos dardos, salieron todas las almas de las flores y, penetrando primero en sus oídos, le contaron sueños de pesadilla; luego, volando a sus labios, le hirieron en la lengua con sus venenosas flechas.
-¡Ya hemos vengado al muerto! -dijeron, y se retiraron de nuevo a las flores blancas del jazmín.
Al amanecer y abrirse súbitamente la ventana del dormitorio, entraron el elfo de la rosa con la reina de las abejas y todo el enjambre, que veníam a ejecutar su venganza.
Pero ya estaba muerto; varias personas que rodeaban la cama dijeron:
-El perfume del jazmín lo ha matado.
El elfo comprendió la venganza de las flores y lo explicó a la reina de las abejas, y ella, con todo el enjambre, revoloteó zumbando en torno a la maceta. No había modo de ahuyentar a los insectos, y entonces un hombre se llevó el tiesto afuera; mas al picarle en la mano una de las abejas, soltó él la maceta, que se rompió al tocar el suelo.
Entonces descubrieron el lívido cráneo, y supieron que el muerto que yacía en el lecho era un homicida.
La reina de las abejas seguía zumbando en el aire y cantando la venganza de las flores, y cantando al elfo de la rosa, y pregonando que detrás de la hoja más mínima hay alguien que puede descubrir la maldad y vengarla.

jueves 19 de febrero de 2009

EL ABETO


Allá en el bosque había un abeto, lindo y pequeñito. Crecía en un buen sitio, le daba el sol y no le faltaba aire, y a su alrededor se alzaban muchos compañeros mayores, tanto abetos como pinos.
Pero el pequeño abeto sólo suspiraba por crecer; no le importaban el calor del sol ni el frescor del aire, ni atendía a los niños de la aldea, que recorran el bosque en busca de fresas y frambuesas, charlando y correteando. A veces llegaban con un puchero lleno de los frutos recogidos, o con las fresas ensartadas en una paja, y, sentándose junto al menudo abeto, decían: «¡Qué pequeño y qué lindo es!». Pero el arbolito se enfurruñaba al oírlo.
Al año siguiente había ya crecido bastante, y lo mismo al otro año, pues en los abetos puede verse el número de años que tienen por los círculos de su tronco.
“¡Ay!, ¿por qué no he de ser yo tan alto como los demás?” -suspiraba el arbolillo-. Podría desplegar las ramas todo en derredor y mirar el ancho mundo desde la copa. Los pájaros harían sus nidos entre mis ramas, y cuando soplara el viento, podría mecerlas e inclinarlas con la distinción y elegancia de los otros.
Le eran indiferentes la luz del sol, las aves y las rojas nubes que, a la mañana y al atardecer, desfilaban en lo alto del cielo.
Cuando llegaba el invierno, y la nieve cubría el suelo con su rutilante manto blanco, muy a menudo pasaba una liebre, en veloz carrera, saltando por encima del arbolito. ¡Lo que se enfadaba el abeto! Pero transcurrieron dos inviernos más y el abeto había crecido ya bastante para que la liebre hubiese de desviarse y darle la vuelta. «¡Oh, crecer, crecer, llegar a ser muy alto y a contar años y años: esto es lo más hermoso que hay en el mundo!», pensaba el árbol.
En otoño se presentaban indefectiblemente los leñadores y cortaban algunos de los árboles más corpulentos. La cosa ocurría todos los años, y nuestro joven abeto, que estaba ya bastante crecido, sentía entonces un escalofrío de horror, pues los magníficos y soberbios troncos se desplomaban con estridentes crujidos y gran estruendo. Los hombres cortaban las ramas, y los árboles quedaban desnudos, larguiruchos y delgados; nadie los habría reconocido. Luego eran cargados en carros arrastrados por caballos, y sacados del bosque.
¿Adónde iban? ¿Qué suerte les aguardaba?
En primavera, cuando volvieron las golondrinas y las cigüeñas, les preguntó el abeto:
-¿No saben adónde los llevaron ¿No los han visto en alguna parte?
Las golondrinas nada sabían, pero la cigüeña adoptó una actitud cavilosa y, meneando la cabeza, dijo:
-Sí, creo que sí. Al venir de Egipto, me crucé con muchos barcos nuevos, que tenían mástiles espléndidos. Juraría que eran ellos, pues olían a abeto. Me dieron muchos recuerdos para ti. ¡Llevan tan alta la cabeza, con tanta altivez!
-¡Ah! ¡Ojalá fuera yo lo bastante alto para poder cruzar los mares! Pero, ¿qué es el mar, y qué aspecto tiene?
-¡Sería muy largo de contar! -exclamó la cigüeña, y se alejó.
-Alégrate de ser joven -decían los rayos del sol-; alégrate de ir creciendo sano y robusto, de la vida joven que hay en ti.
Y el viento le prodigaba sus besos, y el rocío vertía sobre él sus lágrimas, pero el abeto no lo comprendía.
Al acercarse las Navidades eran cortados árboles jóvenes, árboles que ni siquiera alcanzaban la talla ni la edad de nuestro abeto, el cual no tenía un momento de quietud ni reposo; le consumía el afán de salir de allí. Aquellos arbolitos -y eran siempre los más hermosos- conservaban todo su ramaje; los cargaban en carros tirados por caballos y se los llevaban del bosque.
«¿Adónde irán éstos? –se preguntaba el abeto-. No son mayores que yo; uno es incluso más bajito. ¿Y por qué les dejan las ramas? ¿Adónde van?».
-¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos! -piaron los gorriones-. Allá, en la ciudad, hemos mirado por las ventanas. Sabemos adónde van. ¡Oh! No puedes imaginarte el esplendor y la magnificencia que les esperan. Mirando a través de los cristales vimos árboles plantados en el centro de una acogedora habitación, adornados con los objetos más preciosos: manzanas doradas, pastelillos, juguetes y centenares de velitas.
-¿Y después? -preguntó el abeto, temblando por todas sus ramas-. ¿Y después? ¿Qué sucedió después?
-Ya no vimos nada más. Pero es imposible pintar lo hermoso que era.
-¿Quién sabe si estoy destinado a recorrer también tan radiante camino? -exclamó gozoso el abeto-. Todavía es mejor que navegar por los mares. Estoy impaciente por que llegue Navidad. Ahora ya estoy tan crecido y desarrollado como los que se llevaron el año pasado. Quisiera estar ya en el carro, en la habitación calentita, con todo aquel esplendor y magnificencia. ¿Y luego? Porque claro está que luego vendrá algo aún mejor, algo más hermoso. Si no, ¿por qué me adornarían tanto? Sin duda me aguardan cosas aún más espléndidas y soberbias. Pero, ¿qué será? ¡Ay, qué sufrimiento, qué anhelo! Yo mismo no sé lo que me pasa.
-¡Gózate con nosotros! -le decían el aire y la luz del sol goza de tu lozana juventud bajo el cielo abierto.
Pero él permanecía insensible a aquellas bendiciones de la Naturaleza. Seguía creciendo, sin perder su verdor en invierno ni en verano, aquel su verdor oscuro. Las gentes, al verlo, decían: -¡Hermoso árbol!-. Y he ahí que, al llegar Navidad, fue el primero que cortaron. El hacha se hincó profundamente en su corazón; el árbol se derrumbó con un suspiro, experimentando un dolor y un desmayo que no lo dejaron pensar en la soñada felicidad. Ahora sentía tener que alejarse del lugar de su nacimiento, tener que abandonar el terruño donde había crecido. Sabía que nunca volvería a ver a sus viejos y queridos compañeros, ni a las matas y flores que lo rodeaban; tal vez ni siquiera a los pájaros. La despedida no tuvo nada de agradable.
El árbol no volvió en sí hasta el momento de ser descargado en el patio junto con otros, y entonces oyó la voz de un hombre que decía:
-¡Ese es magnífico! Nos quedaremos con él.
Y se acercaron los criados vestidos de gala y transportaron el abeto a una hermosa y espaciosa sala. De todas las paredes colgaban cuadros, y junto a la gran estufa de azulejos había grandes jarrones chinos con leones en las tapas; había también mecedoras, sofás de seda, grandes mesas cubiertas de libros ilustrados y juguetes, que a buen seguro valdrían cien veces cien escudos; por lo menos eso decían los niños. Hincaron el abeto en un voluminoso barril lleno de arena, pero no se veía que era un barril, pues de todo su alrededor pendía una tela verde, y estaba colocado sobre una gran alfombra de mil colores. ¡Cómo temblaba el árbol! ¿Qué vendría luego?
Criados y señoritas corrían de un lado para otro y no se cansaban de colgarle adornos y más adornos. En una rama sujetaban redecillas de papeles coloreados; en otra, confites y caramelos; colgaban manzanas doradas y nueces, cual si fuesen frutos del árbol, y ataron a las ramas más de cien velitas rojas, azules y blancas. Muñecas que parecían personas vivientes -nunca había visto el árbol cosa semejante- flotaban entre el verdor, y en lo más alto de la cúspide centelleaba una estrella de metal dorado. Era realmente magnífico, increíblemente magnífico.
-Esta noche -decían todos-, esta noche sí que brillará.
«¡Oh! -pensaba el árbol-, ¡ojalá fuese ya de noche! ¡Ojalá encendiesen pronto las luces! ¿Y qué sucederá luego? ¿Acaso vendrán a verme los árboles del bosque? ¿Volarán los gorriones frente a los cristales de las ventanas? ¿Seguiré aquí todo el verano y todo el invierno, tan primorosamente adornado?».
Creía estar enterado, desde luego; pero de momento era tal su impaciencia, que sufría fuertes dolores de corteza, y para un árbol el dolor de corteza es tan malo como para nosotros el de cabeza.
Al fin encendieron las luces. ¡Qué brillo y magnificencia! El árbol temblaba de emoción por todas sus ramas; tanto, que una de las velitas prendió fuego al verde. ¡Y se puso a arder de verdad!
-¡Dios nos ampare! -exclamaron las jovencitas, corriendo a apagarlo. El árbol tuvo que esforzarse por no temblar. ¡Qué fastidio! Le disgustaba perder algo de su esplendor; todo aquel brillo lo tenía como aturdido. He aquí que entonces se abrió la puerta de par en par, y un tropel de chiquillos se precipitó en la sala, que no parecía sino que iban a derribar el árbol; les seguían, más comedidas, las personas mayores. Los pequeños se quedaron clavados en el suelo, mudos de asombro, aunque sólo por un momento; enseguida se reanudó el alborozo; gritando con todas sus fuerzas, se pusieron a bailar en torno al árbol, del que fueron descolgándose uno tras otro los regalos.
«¿Qué hacen? -pensaba el abeto-. ¿Qué ocurrirá ahora?».
Las velas se consumían, y al llegar a las ramas eran apagadas. Y cuando todas quedaron extinguidas, se dio permiso a los niños para que se lanzasen al saqueo del árbol. ¡Oh, y cómo se lanzaron! Todas las ramas crujían; de no haber estado sujeto al techo por la cúspide con la estrella dorada, seguramente lo habrían derribado.
Los chiquillos saltaban por el salón con sus juguetes, y nadie se preocupaba ya del árbol, aparte la vieja ama, que, acercándose a él, se puso a mirar por entre las ramas. Pero sólo lo hacía por si había quedado olvidado un higo o una manzana.
-¡Un cuento, un cuento! - gritaron de pronto, los pequeños, y condujeron hasta el abeto a un hombre bajito y rollizo.
El hombre se sentó debajo de la copa.
-Pues así estamos en el bosque -dijo-, y el árbol puede sacar provecho, si escucha. Pero os contaré sólo un cuento y no más. ¿Prefieren el de Ivede-Avede o el de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, no obstante, fue ensalzado y obtuvo a la princesa? ¿Qué os parece? Es un cuento muy bonito.
-¡Ivede-Avede! -pidieron unos, mientras los otros gritaban-: ¡Klumpe-Dumpe!
¡Menudo griterío y alboroto se armó! Sólo el abeto permanecía callado, pensando: «¿y yo, no cuento para nada? ¿No tengo ningún papel en todo esto?». Claro que tenía un papel, y bien que lo había desempeñado.
El hombre contó el cuento de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, sin embargo, fue ensalzado y obtuvo a la princesa. Y los niños aplaudieron, gritando: -¡Otro, otro!-. Y querían oír también el de Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Klumpe-Dumpe. El abeto seguía silencioso y pensativo; nunca las aves del bosque habían contado una cosa igual. «Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, con todo, obtuvo a la princesa. De modo que así va el mundo» -pensó, creyendo que el relato era verdad, pues el narrador era un hombre muy afable-. «¿Quién sabe? Tal vez yo me caiga también por las escaleras y gane a una princesa». Y se alegró ante la idea de que al día siguiente volverían a colgarle luces y juguetes, oro y frutas.
«Mañana no voy a temblar -pensó-. Disfrutaré al verme tan engalanado. Mañana volveré a escuchar la historia de KlumpeDumpe, y quizá, también la de Ivede-Avede». Y el árbol se pasó toda la noche silencioso y sumido en sus pensamientos.
Por la mañana se presentaron los criados y la muchacha.
«Ya empieza otra vez la fiesta», pensó el abeto. Pero he aquí que lo sacaron de la habitación y, arrastrándolo escaleras arriba, lo dejaron en un rincón oscuro, al que no llegaba la luz del día.
«¿Qué significa esto? –se preguntó el árbol-. ¿Qué voy a hacer aquí? ¿Qué es lo que voy a oír desde aquí?». Y, apoyándose contra la pared, venga cavilar y más cavilar. Y por cierto que tuvo tiempo sobrado, pues iban transcurriendo los días y las noches sin que nadie se presentara; y cuando alguien lo hacía, era sólo para depositar grandes cajas en el rincón. El árbol quedó completamente ocultado; ¿era posible que se hubieran olvidado de él?
«Ahora es invierno allá fuera -pensó-. La tierra está dura y cubierta de nieve; los hombres no pueden plantarme; por eso me guardarán aquí, seguramente hasta la primavera. ¡Qué considerados son, y qué buenos! ¡Lástima que sea esto tan oscuro y tan solitario! No se ve ni un mísero lebrato. Bien considerado, el bosque tenía sus encantos, cuando la liebre pasaba saltando por el manto de nieve; pero entonces yo no podía soportarlo. ¡Esta soledad de ahora sí que es terrible!».
«Pip, pip», murmuró un ratoncillo, asomando quedamente, seguido a poco de otro; y, husmeando el abeto, se ocultaron entre sus ramas.
-¡Hace un frío de espanto! -dijeron-. Pero aquí se está bien. ¿Verdad, viejo abeto?
-¡Yo no soy viejo! -protestó el árbol-. Hay otros que son mucho más viejos que yo.
-¿De dónde vienes? ¿Y qué sabes? -preguntaron los ratoncillos. Eran terriblemente curiosos-. Háblanos del más bello lugar de la Tierra. ¿Has estado en él? ¿Has estado en la despensa, donde hay queso en los anaqueles y jamones colgando del techo, donde se baila a la luz de la vela y donde uno entra flaco y sale gordo?
-No lo conozco -respondió el árbol-; pero, en cambio, conozco el bosque, donde brilla el sol y cantan los pájaros -. Y les contó toda su infancia; y los ratoncillos, que jamás oyeran semejantes maravillas, lo escucharon y luego exclamaron: - ¡Cuántas cosas has visto! ¡Qué feliz has sido!
-¿Yo? -replicó el árbol; y se puso a reflexionar sobre lo que acababa de contarles-. Sí; en el fondo, aquéllos fueron tiempos dichosos. Pero a continuación les relató la Nochebuena, cuando lo habían adornado con dulces y velillas.
-¡Oh! -repitieron los ratones-, ¡y qué feliz has sido, viejo abeto!
-¡Digo que no soy viejo! -repitió el árbol-. Hasta este invierno no he salido del bosque. Estoy en lo mejor de la edad, sólo que he dado un gran estirón.
-¡Y qué bien sabes contar! -prosiguieron los ratoncillos; y a la noche siguiente volvieron con otros cuatro, para que oyesen también al árbol; y éste, cuanto más contaba, más se acordaba de todo y pensaba: «La verdad es que eran tiempos agradables aquéllos. Pero tal vez volverán, tal vez volverán. Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, no obstante, obtuvo a la princesa; quizás yo también consiga una». Y, de repente, el abeto se acordó de un abedul lindo y pequeñín de su bosque; para él era una auténtica y bella princesa.
-¿Quién es Klumpe-Dumpe? -preguntaron los ratoncillos. Entonces el abeto les narró toda la historia, sin dejarse una sola palabra; y los animales, de puro gozo, sentían ganas de trepar hasta la cima del árbol. La noche siguiente acudieron en mayor número aún, y el domingo se presentaron incluso dos ratas; pero a éstas el cuento no les pareció interesante, lo cual entristeció a los ratoncillos, que desde aquel momento lo tuvieron también en menos.
-¿Y no sabe usted más que un cuento? -inquirieron las ratas.
-Sólo sé éste -respondió el árbol-. Lo oí en la noche más feliz de mi vida; pero entonces no me daba cuenta de mi felicidad.
-Pero si es una historia la mar de aburrida. ¿No sabe ninguna de tocino y de velas de sebo? ¿Ninguna de despensas?
-No -confesó el árbol.
-Entonces, muchas gracias -replicaron las ratas, y se marcharon a reunirse con sus congéneres.
Al fin, los ratoncillos dejaron también de acudir, y el abeto suspiró: «¡Tan agradable como era tener aquí a esos traviesos ratoncillos, escuchando mis relatos! Ahora no tengo ni eso. Cuando salga de aquí, me resarciré del tiempo perdido».
Pero ¿iba a salir realmente? Pues sí; una buena mañana se presentaron unos hombres y comenzaron a rebuscar por el desván. Apartaron las cajas y sacaron el árbol al exterior. Cierto que lo tiraron al suelo sin muchos miramientos, pero un criado lo arrastró hacia la escalera, donde brillaba la luz del día.
«¡La vida empieza de nuevo!», pensó el árbol, sintiendo en el cuerpo el contacto del aire fresco y de los primeros rayos del sol; estaba ya en el patio. Todo sucedía muy rápidamente; el abeto se olvidó de sí mismo: ¡había tanto que ver a su alrededor! El patio estaba contiguo a un jardín, que era una ascua de flores; las rosas colgaban, frescas o fragantes, por encima de la diminuta verja; estaban en flor los tilos, y las golondrinas chillaban, volando: «¡Quirrevirrevit, ha vuelto mi hombrecito!». Pero no se referían al abeto.
«¡Ahora a vivir!», pensó éste alborozado, y extendió sus ramas. Pero, ¡ay!, estaban secas y amarillas; y allí lo dejaron entre hierbajos y espinos. La estrella de oropel seguía aún en su cúspide, y relucía a la luz del sol.
En el patio jugaban algunos de aquellos alegres muchachuelos que por Nochebuena estuvieron bailando en torno al abeto y que tanto lo habían admirado. Uno de ellos se le acercó corriendo y le arrancó la estrella dorada.
-¡Miren lo que hay todavía en este abeto, tan feo y viejo! -exclamó, subiéndose por las ramas y haciéndolas crujir bajo sus botas.
El árbol, al contemplar aquella magnificencia de flores y aquella lozanía del jardín y compararlas con su propio estado, sintió haber dejado el oscuro rincón del desván. Recordó su sana juventud en el bosque, la alegre Nochebuena y los ratoncillos que tan a gusto habían escuchado el cuento de Klumpe-Dumpe.
«¡Todo pasó, todo pasó! -dijo el pobre abeto-. ¿Por qué no supe gozar cuando era tiempo? Ahora todo ha terminado».
Vino el criado, y con un hacha cortó el árbol a pedazos, formando con ellos un montón de leña, que pronto ardió con clara llama bajo el gran caldero. El abeto suspiraba profundamente, y cada suspiro semejaba un pequeño disparo; por eso los chiquillos, que seguían jugando por allí, se acercaron al fuego y, sentándose y contemplándolo, exclamaban: «¡Pif, paf!». Pero a cada estallido, que no era sino un hondo suspiro, pensaba el árbol en un atardecer de verano en el bosque o en una noche de invierno, bajo el centellear de las estrellas; y pensaba en la Nochebuena y en KlumpeDumpe, el único cuento que oyera en su vida y que había aprendido a contar.
Y así hasta que estuvo del todo consumido.
Los niños jugaban en el jardín, y el menor de todos se había prendido en el pecho la estrella dorada que había llevado el árbol en la noche más feliz de su existencia. Pero aquella noche había pasado, y, con ella, el abeto y también el cuento: ¡adiós, adiós! Y éste es el destino de todos los cuentos.

(*)Fuente: Hans Christian Andersen

miércoles 18 de febrero de 2009

BAJO EL SAUCE


La comarca de Kjöge es ácida y pelada; la ciudad está a orillas del mar, y esto es siempre una ventaja, pero es innegable que podría ser más hermosa de lo que es en realidad; todo alrededor son campos lisos, y el bosque queda a mucha distancia. Sin embargo, cuando nos encontramos a gusto en un lugar, siempre descubrimos algo de bello en él, y más tarde lo echaremos de menos, aunque nos hallemos en el sitio más hermoso del mundo. Y forzoso es admitir que en verano tienen su belleza los arrabales de Kjöge, con sus pobres jardincitos extendidos hasta el arroyo que allí se vierte en el mar; y así lo creían en particular Knud y Juana, hijos de dos familias vecinas, que jugaban juntos y se reunían atravesando a rastras los groselleros. En uno de los jardines crecía un saúco, en el otro un viejo sauce, y debajo de éste gustaban de jugar sobre todo los niños; y se les permitía hacerlo, a pesar de que el árbol estaba muy cerca del río, y los chiquillos corrían peligro de caer en él. Pero el ojo de Dios vela sobre los pequeñuelos -de no ser así, ¡mal irían las cosas!-. Por otra parte, los dos eran muy prudentes; el niño tenía tanto miedo al agua, que en verano no había modo de llevarlo a la playa, donde tan a gusto chapoteaban los otros rapaces de su edad; eso lo hacía objeto de la burla general, y él tenía que aguantarla.
Un día la hijita del vecino, Juana, soñó que navegaba en un bote de vela en la Bahía de Kjöge, y que Knud se dirigía hacia ella vadeando, hasta que el agua le llegó al cuello y después lo cubrió por entero. Desde el momento en que Knud se enteró de aquel sueño, ya no soportó que lo tachasen de miedoso, aduciendo como prueba al sueño de Juana. Éste era su orgullo, mas no por eso se acercaba al mar.
Los pobres padres se reunían con frecuencia, y Knud y Juana jugaban en los jardines y en el camino plantado de sauces que discurría a lo largo de los fosos. Bonitos no eran aquellos árboles, pues tenían las copas como podadas, pero no los habían plantado para adorno, sino para utilidad; más hermoso era el viejo sauce del jardín a cuyo pie, según ya hemos dicho, jugaban a menudo los dos amiguitos. En la ciudad de Kjöge hay una gran plaza-mercado, en la que, durante la feria anual, se instalan verdaderas calles de puestos que venden cintas de seda, calzados y todas las cosas imaginables. Había entonces un gran gentío, y generalmente llovía; además, apestaba a sudor de las chaquetas de los campesinos, aunque olía también a exquisito alajú, del que había toda una tienda abarrotada; pero lo mejor de todo era que el hombre que lo vendía se alojaba, durante la feria, en casa de los padres de Knud, y, naturalmente, lo obsequiaba con un pequeño pan de especias, del que participaba también Juana. Pero había algo que casi era más hermoso todavía: el comerciante sabía contar historias de casi todas las cosas, incluso de sus turrones, y una velada explicó una que produjo tal impresión en los niños, que jamás pudieron olvidarla; por eso será conveniente que la oigamos también nosotros, tanto más, cuanto que es muy breve.
-Sobre el mostrador -empezó el hombre- había dos moldes de alajú, uno en figura de un hombre con sombrero, y el otro en forma de mujer sin sombrero, pero con una mancha de oropel en la cabeza; tenían la cara de lado, vuelta hacia arriba, y había que mirarlos desde aquel ángulo y no del revés, pues jamás hay que mirar así a una persona. El hombre llevaba en el costado izquierdo una almendra amarga, que era el corazón, mientras la mujer era dulce toda ella. Estaban para muestra en el mostrador, y llevaban ya mucho tiempo allí, por lo que se enamoraron; pero ninguno lo dijo al otro, y, sin embargo, preciso es que alguien lo diga, si ha de salir algo de tal situación.
«Es hombre, y por tanto, tiene que ser el primero en hablar», pensaba ella; no obstante, se habría dado por satisfecha con saber que su amor era correspondido.
Los pensamientos de él eran mucho más ambiciosos, como siempre son los hombres; soñaba que era un golfo callejero y que tenía cuatro chelines, con los cuales se compraba la mujer y se la comía.
Así continuaron por espacio de días y semanas en el mostrador, y cada día estaban más secos; y los pensamientos de ella eran cada vez más tiernos y femeninos: «Me doy por contenta con haber estado sobre la mesa con él», pensó, y se rompió por la mitad.
«Si hubiese conocido mi amor, de seguro que habría resistido un poco más», pensó él.
- Y ésta es la historia y aquí están los dos - dijo el turronero. - Son notables por su vida y por su silencioso amor, que nunca conduce a nada. ¡Vedlos ahí! - y dio a Juana el hombre, sano y entero, y a Knud, la mujer rota; pero a los niños les había emocionado tanto el cuento, que no tuvieron ánimos para comerse la enamorada pareja.
Al día siguiente se dirigieron, con las dos figuras, al cementerio, y se detuvieron junto al muro de la iglesia, cubierto, tanto en verano como en invierno, de un rico tapiz de hiedra; pusieron al sol los pasteles, entre los verdes zarcillos, y contaron a un grupo de otros niños la historia de su amor, mudo e inútil, y todos la encontraron maravillosa; y cuando volvieron a mirar a la pareja de alajú, un muchacho grandote se había comido ya la mujer despedazada, y esto, por pura maldad. Los niños se echaron a llorar, y luego -y es de suponer que lo hicieron para que el pobre hombre no quedase solo en el mundo- se lo comieron también; pero en cuanto a la historia, no la olvidaron nunca.
Los dos chiquillos seguían reuniéndose bajo el sauce o junto al saúco, y la niña cantaba canciones bellísimas con su voz argentina. A Knud, en cambio, se le pegaban las notas a la garganta, pero al menos se sabía la letra, y más vale esto que nada. La gente de Kjöge, y entre ella la señora de la quincallería, se detenían a escuchar a Juana. - ¡Qué voz más dulce! - decían.
Aquellos días fueron tan felices, que no podían durar siempre. Las dos familias vecinas se separaron; la madre de la niña había muerto, el padre deseaba ir a Copenhague, para volver a casarse y buscar trabajo; quería establecerse de mandadero, que es un oficio muy lucrativo. Los vecinos se despidieron con lágrimas, y sobre todo lloraron los niños; los padres se prometieron mutuamente escribirse por lo menos una vez al año.
Y Knud entró de aprendiz de zapatero; era ya mayorcito y no se le podía dejar ocioso por más tiempo. Entonces recibió la confirmación.
¡Ah, qué no hubiera dado por estar en Copenhague aquel día solemne, y ver a Juanita! Pero no pudo ir, ni había estado nunca, a pesar de que no distaba más de cinco millas de Kjöge. Sin embargo, a través de la bahía, y con tiempo despejado, Knud había visto sus torres, y el día de la confirmación distinguió claramente la brillante cruz dorada de la iglesia de Nuestra Señora.
¡Oh, cómo se acordó de Juana! Y ella, ¿se acordaría de él? Sí, se acordaba.
Hacia Navidad llegó una carta de su padre para los de Knud. Las cosas les iban muy bien en Copenhague, y Juana, gracias a su hermosa voz, iba a tener una gran suerte; había ingresado en el teatro lírico; ya ganaba algún dinerillo, y enviaba un escudo a sus queridos vecinos de Kjöge para que celebrasen unas alegres Navidades. Quería que bebiesen a su salud, y la niña había añadido de su puño y letra estas palabras: «¡Afectuosos saludos a Knud!».
Todos derramaron lágrimas, a pesar de que las noticias eran muy agradables; pero también se llora de alegría. Día tras día Juana había ocupado el pensamiento de Knud, y ahora vio el muchacho que también ella se acordaba de él, y cuanto más se acercaba el tiempo en que ascendería a oficial zapatero, más claramente se daba cuenta de que estaba enamorado de Juana y de que ésta debía ser su mujer; y siempre que le venía esta idea se dibujaba una sonrisa en sus labios y tiraba con mayor fuerza del hilo, mientras tesaba el tirapié; a veces se clavaba la lezna en un dedo, pero ¡qué importa! Desde luego que no sería mudo, como los dos moldes de alajú; la historia había sido una buena lección.
Y ascendió a oficial. Se colgó la mochila al hombro, y por primera vez en su vida se dispuso a trasladarse a Copenhague; ya había encontrado allí un maestro. ¡Qué sorprendida quedaría Juana, y qué contenta! Contaba ahora 16 años, y él, 19.
Ya en Kjöge, se le ocurrió comprarle un anillo de oro, pero luego pensó que seguramente los encontraría mucho más hermosos en Copenhague. Se despidió de sus padres, y un día lluvioso de otoño emprendió el camino de la capital; las hojas caían de los árboles, y calado hasta los huesos llegó a la gran Copenhague y a la casa de su nuevo patrón.
El primer domingo se dispuso a visitar al padre de Juana. Sacó del baúl su vestido de oficial y el nuevo sombrero que se trajera de Kjöge y que tan bien le sentaba; antes había usado siempre gorra. Encontró la casa que buscaba, y subió los muchos peldaños que conducían al piso. ¡Era para dar vértigo la manera cómo la gente se apilaba en aquella enmarañada ciudad!
La vivienda respiraba bienestar, y el padre de Juana lo recibió muy afablemente. A su esposa no la conocía, pero ella le alargó la mano y lo invitó a tomar café.
-Juana estará contenta de verte -dijo el padre-. Te has vuelto un buen mozo. Ya la verás; es una muchacha que me da muchas alegrías y, Dios mediante, me dará más aún. Tiene su propia habitación, y nos paga por ella.
Y el hombre llamó delicadamente a la puerta, como si fuese un forastero, y entraron -¡qué hermoso era allí!-. Seguramente en todo Kjöge no había un aposento semejante: ni la propia Reina lo tendría mejor. Había alfombras; en las ventanas, cortinas que llegaban hasta el suelo, un sillón de terciopelo auténtico y en derredor flores y cuadros, además de un espejo en el que uno casi podía meterse, pues era grande como una puerta. Knud lo abarcó todo de une ojeada, y, sin embargo, sólo veía a Juana; era una moza ya crecida, muy distinta de como la imaginara, sólo que mucho más hermosa; en toda Kjöge no se encontraría otra como ella; ¡qué fina y delicada! La primera mirada que dirigió a Knud fue la de una extraña, pero duró sólo un instante; luego se precipitó hacia él como si quisiera besarle. No lo hizo, pero poco le faltó. Sí, estaba muy contenta de volver a ver al amigo de su niñez. ¿No brillaban lágrimas en sus ojos? Y después empezó a preguntar y a contar, pasando desde los padres de Knud hasta el saúco y el sauce; madre saúco y padre sauce, como los llamaba, cual si fuesen personas; pero bien podían pasar por tales, si lo habían sido los pasteles de alajú. De éstos habló también y de su mudo amor, cuando estaban en el mostrador y se partieron... y la muchacha se reía con toda el alma, mientras la sangre afluía a las mejillas de Knud, y su corazón palpitaba con violencia desusada. No, no se había vuelto orgullosa. Y ella fue también la causante -bien se fijó Knud- de que sus padres lo invitasen a pasar la velada con ellos. Sirvió el té y le ofreció con su propia mano una taza luego cogió un libro y se puso a leer en alta voz, y al muchacho le pareció que lo que leía trataba de su amor, hasta tal punto concordaba con sus pensamientos. Luego cantó una sencilla canción, pero cantada por ella se convirtió en toda una historia; era como si su corazón se desbordase en ella. Sí, indudablemente quería a Knud. Las lágrimas rodaron por las mejillas del muchacho sin poder él impedirlo, y no pudo sacar una sola palabra de su boca; se acusaba de tonto a sí mismo, pero ella le estrechó la mano y le dijo:
-Tienes un buen corazón, Knud. Sé siempre como ahora.
Fue una velada inolvidable. Son ocasiones después de las cuales no es posible dormir, y Knud se pasó la noche despierto.
Al despedirlo el padre de Juana le había dicho:
-Ahora no nos olvidarás. Espero que no pasará el invierno sin que vuelvas a visitarnos.
Por ello, bien podía repetir la visita el próximo domingo; y tal fue su intención. Pero cada velada, terminado el trabajo -y eso que trabajaba hasta entrada la noche-, Knud salía y se iba hasta la calle donde vivía Juana; levantaba los ojos a su ventana, casi siempre iluminada, y una noche vio incluso la sombra de su rostro en la cortina -fue una noche maravillosa-. A la señora del zapatero no le parecían bien tantas salidas vespertinas, y meneaba la cabeza dubitativamente; pero el patrón se sonreía:
-¡Es joven! -decía.
«El domingo nos veremos, y le diré que es la reina de todos mis pensamientos y que ha de ser mi esposa. Sólo soy un pobre oficial zapatero, pero puedo llegar a maestro; trabajaré y me esforzaré (sí, se lo voy a decir). A nada conduce el amor mudo, lo sé por aquellos alajús».
Y llegó el domingo, y Knud se fue a casa de Juana. Pero, ¡qué pena! Estaban invitados a otra casa, y tuvieron que decirlo al mozo. Juana le estrechó la mano y le preguntó:
-¿Has estado en el teatro? Pues tienes que ir. Yo canto el miércoles, y, si tienes tiempo, te enviaré una entrada. Mi padre sabe la dirección de tu amo.
¡Qué atención más cariñosa de su parte! Y el miércoles llegó, efectivamente, un sobre cerrado que contenía la entrada, pero sin ninguna palabra, y aquella noche Knud fue por primera vez en su vida al teatro. ¿Qué vio? Pues sí, vio a Juana, tan hermosa y encantadora; cierto que estaba casada con un desconocido, pero aquello era comedia, una cosa imaginaria, bien lo sabía Knud; de otro modo, ella no habría osado enviarle la entrada para que lo viera. Al terminar, todo el público aplaudió y gritó «¡hurra!», y Knud también.
Hasta el Rey sonrió a Juana, como si hubiese sentido mucho placer en verla actuar. ¡Dios mío, qué pequeño se sentía Knud! Pero la quería con toda su alma, y ella lo quería también; pero es el hombre quien debe pronunciar la primera palabra, así lo pensaba también la figura del cuento. ¡Tenía mucha enjundia aquella historia!
No bien llegó el domingo, Knud se encaminó nuevamente a casa de Juana. Su estado de espíritu era serio y solemne, como si fuera a recibir la Comunión. La joven estaba sola y lo recibió; la ocasión no podía ser más propicia.
-Has hecho muy bien en venir -le dijo-. Estuve a punto de enviarte un recado por mi padre, pero presentí que volverías esta noche. Debo decirte que el viernes me marcho a Francia; tengo que hacerlo, si quiero llegar a ser algo.
Knud sintió como si el cuarto diera vueltas a su alrededor, y le pareció que su corazón iba a estallar. No asomó ni una lágrima a sus ojos, pero su desolación no era menos visible.
-Mi bueno y fiel amigo... -dijo ella, y sus palabras desataron la lengua del muchacho. Le dijo cómo la quería y cómo deseaba que fuese su esposa. Y al pronunciar estas palabras, vio que Juana palidecía y, soltándole la mano, le dijo con acento grave y afligido:
-¡No quieras que los dos seamos desgraciados, Knud! Yo seré siempre una buena hermana para ti, siempre podrás contar conmigo, pero nada más -y le pasó la mano suave por la ardorosa frente-. Dios nos da la fuerza necesaria, con tal que nosotros lo queramos.
En aquel momento la madrastra entró en el aposento.
-Knud está desolado porque me marcho -dijo Juana ¡Vamos, sé un hombre!- y le dio un golpe en el hombro; era como si no hubiesen hablado más que del viaje.
-¡Chiquillo! -añadió-. Vas a ser bueno y razonable, como cuando de niños jugábamos debajo del sauce.
Le pareció a Knud que el mundo se había salido de quicio; sus ideas eran como una hebra suelta flotando a merced del viento. Se quedó sin saber si lo habían invitado o no, pero todos se mostraron afables y bondadosos; Juana le sirvió té y cantó. No era ya aquella voz de antes, y, no obstante, sonaba tan maravillosamente, que el corazón del muchacho estaba a punto de estallar. Y así se despidieron. Knud no le alargó la mano, pero ella se la cogió, diciendo:
-¡Estrecha la mano de tu hermana para despedirte, mi viejo hermano de juego! -y se sonreía entre las lágrimas que le rodaban por las mejillas; y volvió a llamarlo hermano. ¡Valiente consuelo! Tal fue la despedida.
Se fue ella a Francia, y Knud siguió vagando por las sucias calles de Copenhague. Los compañeros del taller le preguntaron por qué estaba siempre tan caviloso, y lo invitaron a ir con ellos a divertirse; por algo era joven.
Y fue con ellos al baile, donde había muchas chicas bonitas, aunque ninguna como Juana. Allí, donde había esperado olvidarse de ella, la tenía más que nunca presente en sus pensamientos. «Dios nos da la fuerza necesaria, con tal que nosotros lo queramos», le había dicho ella; una oración acudió a su mente y juntó las manos... los violines empezaron a tocar, y las muchachas a bailar en corro. Knud se asustó; le pareció que no era aquél un lugar adecuado para Juana, pues la llevaba siempre en su corazón; salió, pues, del baile y, corriendo por las calles, pasó frente a la casa donde ella habla vivido. Estaba oscura; todo estaba oscuro, desierto y solitario. El mundo siguió su camino, y Knud el suyo.
Llegó el invierno, y se helaron las aguas; parecía como si todo se preparase para la tumba.
Pero al venir la primavera y hacerse a la mar el primer vapor, le entró a Knud un gran deseo de marcharse lejos, muy lejos a correr mundo, aunque no de ir a Francia.
Cerró la mochila y se fue a Alemania, peregrinando de una población a otra, sin pararse en ninguna, hasta que, al llegar a la antigua y bella ciudad de Nuremberg, le pareció que volvía a ser señor de sus piernas y que podía quedarse allí.
Nuremberg es una antigua y maravillosa ciudad, que parece recortada de una vieja crónica ilustrada. Las calles discurren sin orden ni concierto; las casas no gustan de estar alineadas; miradores con torrecillas, volutas y estatuas resaltan por encima de las aceras, y en lo alto de los tejados, asombrosamente puntiagudos, corren canalones que desembocan sobre el centro de la calle, adoptando formas de dragones y perros de alargados cuerpos.
Knud llegó a la plaza del mercado, con la mochila a la espalda, y se detuvo junto a una antigua fuente, en la que unas soberbias figuras de bronce, representativas de personajes bíblicos e históricos, se levantan entre los chorros de agua que brotan del surtidor. Una hermosa muchacha que estaba sacando agua dio de beber a Knud, y como llevara un puñado de rosas, le ofreció también una, y esto lo tomó el muchacho como un buen agüero.
Desde la cercana iglesia le llegaban sones de órgano, tan familiares como si fueran los de la iglesia de Kjöge, y el mozo entró en la vasta catedral. El sol, a través de los cristales policromados, brillaba por entre las altas y esbeltas columnas. Un gran fervor llenó sus pensamientos, y sintió en el alma una íntima paz.
Buscó y encontró en Nuremberg un buen maestro; se quedó en su casa y aprendió la lengua.
Los antiguos fosos que rodean la ciudad han sido convertidos en huertecitos, pero las altas murallas continúan en pie, con sus pesadas torres. El cordelero trenza sus cuerdas en el corredor construido de vigas que, a la largo del muro, conduce a la ciudad, y allí, brotando de grietas y hendeduras, crece el saúco, extendiendo sus ramas por encima de las bajas casitas, en una de las cuales residía el maestro para quien trabajaba Knud. Sobre la ventanuca de la buhardilla que era su dormitorio, el arbusto inclinaba sus ramas.
Residió allí todo un verano y un invierno, pero al llegar la primavera no pudo resistir por más tiempo; el saúco floreció, y su fragancia le recordaba tanto su tierra, que le parecía encontrarse en el jardín de Kjöge. Por eso cambió Knud de patrón, y se buscó otro en el interior de la ciudad, en un lugar donde no crecieran saúcos.
Su taller estaba en las proximidades de un antiguo puente amurallado, encima de un bajo molino de aguas que murmuraba eternamente; por debajo fluía un río impetuoso, encajonado entre casas de cuyas paredes se proyectaban miradores corroídos, siempre a punto de caerse al agua. No había allí saúcos, ni siquiera una maceta con una planta verde, pero enfrente se levantaba un viejo y corpulento sauce, que parecía agarrarse a la casa para no ser arrastrado por la corriente. Extendía sus ramas por encima del río, exactamente como el del jardín de Kjöge lo hacía por encima del arroyo.
En realidad, había ido a parar de la madre saúco al padre sauce; especialmente en las noches de luna, aquel árbol le hacía pensar en Dinamarca. Pero este pensamiento, más que de la luz de la luna, venía del viejo sauce.
No pudo resistirlo; y ¿por qué no? Pregúntalo al sauce, pregúntalo al saúco florido. Por eso dijo adiós a su maestro de Nuremberg y prosiguió su peregrinación.
A nadie hablaba de Juana; se guardaba su pena en el fondo del alma, dando una profunda significación a la historia de los pasteles de alajú. Ahora comprendía por qué el hombre llevaba una almendra amarga en el costado izquierdo; también él sentía su amargor, mientras que Juana, siempre tan dulce y afable, era pura miel. Tenía la sensación de que las correas de la mochila le apretaban hasta impedirle respirar, y las aflojó, pero inútilmente. A su alrededor veía tan sólo medio mundo, el otro medio lo llevaba dentro; tal era su estado de ánimo.
Hasta el momento en que vislumbró las altas montañas no se ensanchó para él el mundo; sus pensamientos salieron al exterior, y las lágrimas asomaron a sus ojos. Los Alpes se le aparecían como las alas plegadas de la Tierra, y como si aquellas alas se abrieran, con sus cuadros maravillosos de negros bosques, impetuosas aguas, nubes y masas de nieve.
«El día del Juicio Final, la Tierra levantará sus grandes alas, volará a Dios y estallará como una burbuja de jabón en sus luminosos rayos. ¡Ah, si fuera el día del Juicio!», suspiró.
Siguió errando por el país, que se le aparecía como un vergel cubierto de césped; desde los balcones de madera lo saludaban con amables signos de cabeza las muchachas encajeras, las cumbres de las montañas se veían teñidas de rojo a los rayos del sol poniente, y cuando descubrió los verdes lagos entre los árboles oscuros, le vino a la mente el recuerdo de la Bahía de Kjöge, y sintió que su pecho se llenaba de melancolía, pero no de dolor.
En el lugar donde el Rin se precipita como una enorme ola y, pulverizándose, se transforma en una clara masa de nubes blancas como la nieve, como si allí se forjasen las nubes -con el arco iris flotando encima cual una cinta suelta-, pensó en el molino de Kjöge, con sus aguas rugientes y espumeantes.
Gustoso se habría quedado en la apacible ciudad del Rin; pero crecían en ella demasiados saúcos y sauces, por lo que prosiguió su camino, cruzando las poderosas y abruptas montañas, a través de desplomadas paredes de rocas y de senderos que, cual nidos de golondrinas, se pegaban a las laderas. Las aguas mugían en las hondonadas, las nubes se cernían sobre su cabeza; por entre cardos, rododendros y nieve fue avanzando al calor del sol estival, hasta que dijo adiós a las tierras septentrionales, y entró en una región de castaños, viñedos y maizales. Las montañas eran un muro entre él y todos sus recuerdos; y así convenía que fuese.
Se desplegaba ante él una ciudad grande y magnífica, llamada Milán y en ella encontró a un maestro alemán que le ofreció trabajo; era el taller de un matrimonio ya entrado en años, gente honrada a carta cabal. El zapatero y su mujer tomaron afecto a aquel mozo apacible, de pocas palabras, pero muy trabajador, piadoso y buen cristiano. También a él le parecía que Dios le había quitado la pesada carga que oprimía su corazón.
Su mayor alegría era ir de vez en cuando a la grandiosa catedral de mármol, que le parecía construida con la nieve de su patria, toda ella tallada en estatuas, torres puntiagudas y abiertos y adornados pórticos; desde cada ángulo de cada espira, de cada arco le sonreían las blancas esculturas. Encima tenía el cielo azul; debajo, la ciudad y la anchurosa y verdeante llanura lombarda, mientras al Norte se desplegaba el telón de altas montañas nevadas... Entonces pensaba en la iglesia de Kjöge, con sus paredes rojas, revestidas de yedra, pero no la echaba de menos; quería que lo enterrasen allí, detrás de las montañas.
Llevaba un año allí, y habían transcurrido tres desde que abandonara su patria, cuando un día su patrón lo llevó a la ciudad, pero no al circo a ver a los caballistas, sino a la Ópera, la gran ópera, cuyo salón era digno de verse. Colgaban allí siete hileras de cortinas de seda, y desde el suelo hasta el techo, a una altura que daba vértigo, se veían elegantísimas damas con ramos de flores en las manos, como disponiéndose a ir al baile, mientras los caballeros vestían de etiqueta, muchos de ellos con el pecho cubierto de oro y plata. La claridad competía con la del sol más espléndido, y la música resonaba fuerte y magnífica, mucho más que en el teatro de Copenhague; pero allí estaba Juana y aquí... ¡Sí, fue como un hechizo! Se levantó el telón, y apareció también Juana, vestida de oro y seda, con una corona en la cabeza. Cantó como sólo un ángel de Dios sabría hacerlo, y se adelantó en el escenario cuanto le fue posible, sonriendo como sólo Juana sabía sonreír; y miró precisamente a Knud.
El pobre muchacho agarró la mano de su maestro y gritó:
-¡Juana! -mas nadie lo oyó sino él, pues la música ahogó su voz. Sólo su amo hizo un signo afirmativo con la cabeza.
-Sí, en efecto, se llama Juana -y, sacando un periódico, le mostró su nombre escrito en él.
¡No, no era un sueño! Y todo el público la aclamaba, y le arrojaba flores y coronas, y cada vez que se retiraba volvía a aplaudir llamándola a la escena. Salió una infinidad de veces.
En la calle, la gente se agrupó alrededor de su coche, y Knud se encontró en primera fila, loco de felicidad, y cuando, junto con todo el gentío, se detuvo frente a su casa magníficamente iluminada, se halló él a la portezuela del carruaje. Se apeó Juana, la luz le dio en pleno rostro, y ella, sonriente y emocionada, dio las gracias por aquel homenaje. Knud la miró a la cara, y ella miró a su vez a la del joven... mas no lo reconoció. Un caballero que lucía una condecoración en el pecho le ofreció el brazo... Estaban prometidos, dijo la gente.
Luego Knud se fue a su casa y se sujetó la mochila a la espalda. Quería volver a su tierra; necesitaba volver a ella, al saúco, al sauce -¡ay, bajo aquel sauce!-. En una hora puede recorrerse toda una vida humana.
Le instaron a que se quedase, más ninguna palabra lo pudo retener. Le dijeron que se acercaba el invierno, que las montañas estaban ya nevadas; pero él podría seguir el rastro de la diligencia, que avanzaba despacio - y así le abriría camino -, la mochila a la espalda y apoyado en su bastón.
Y tomó el camino de las montañas, cuesta arriba y cuesta abajo. Estaba cansado, y no había visto aún ni un pueblo ni una casa; marchaba hacia el Norte. Fulguraban las estrellas en el cielo, le vacilaban las piernas, y la cabeza le daba vueltas; en el fondo del valle centelleaban también estrellas, como si el cielo se extendiera no sólo en las alturas, sino bajo sus pies. Se sentía enfermo. Aquellos astros del fondo se volvían cada vez más claros y luminosos, y se movían de uno a otro lado. Era una pequeña ciudad, en la que brillaban las luces, y cuando él se dio cuenta de lo que se trataba, hizo un último esfuerzo y pudo llegar hasta una mísera posada.
Permaneció en ella una noche y un día entero, pues su cuerpo necesitaba descanso y cuidados; en el valle deshelaba y llovía. A la mañana se presentó un organillero, que tocó una melodía de Dinamarca, y Knud ya no pudo resistir por más tiempo. Anduvo días y días a toda prisa, como impaciente por llegar a la patria antes de que todos hubiesen muerto; pero a nadie habló de su anhelo, nadie habría creído en la pena le su corazón, la pena más honda que puede sentirse, pues el mundo sólo se interesa por lo que es alegre y divertido; ni siquiera los amigos hubieran podido comprenderlo, y él no tenía amigos. Extranjero, caminaba por tierras extrañas rumbo al Norte. En la única carta que recibiera de su casa, una carta que sus padres le habían escrito hacia largo tiempo, se decía: «No eres un danés verdadero como nosotros. Nosotros lo somos hasta el fondo del alma. A ti te gustan sólo los países extranjeros». Esto le habían escrito sus padres. ¡Ay, qué mal lo conocían!
Anochecía; él andaba por la carretera, empezaba a helar, y el paisaje se volvía más y más llano, todo él campos y prados. Junto al camino crecía un corpulento sauce. ¡Parecía aquello tan familiar, tan danés! Se sentó al pie del árbol; estaba fatigado, la cabeza se le caía, y los ojos se le cerraban; pero él seguía dándose cuenta de que el sauce inclinaba las ramas hacia él; el árbol se le aparecía como un hombre viejo y fornido, era el padre sauce en persona, que lo cogía en brazos y lo levantaba, a él, al hijo rendido, y lo llevaba a la tierra danesa, a la abierta playa luminosa, a Kjöge, al jardín de su infancia. Sí, era el mismo sauce de Kjöge que se había lanzado al mundo en su busca; y ahora lo había encontrado y conducido al jardincito junto al riachuelo, donde se hallaba Juana en todo su esplendor, la corona de oro en la cabeza, tal y como la viera la última vez, y le decía: - ¡Bienvenido!
Y he aquí que vio delante de él a dos extrañas figuras, sólo que mucho más humanas que las que recordaba de su niñez; también ellas habían cambiado. Eran los dos moldes de alajú, el hombre y la mujer, que lo miraban de frente y tenían muy buen aspecto. -¡Gracias! - le dijeron a la vez-. Tú nos has desatado la lengua, nos has enseñado que hay que expresar francamente los pensamientos; de otro modo nada se consigue, y ahora nosotros hemos logrado algo: ¡Estamos prometidos!
Y se echaron a andar cogidos de la mano por las calles de Kjöge; incluso vistos de espalda estaban muy correctos, no había nada que reprocharles. Y se encaminaron directamente a la iglesia, seguidos por Knud y Juana, cogidos asimismo de la mano; y la iglesia aparecía como antes, con sus paredes rojas cubiertas de espléndida yedra, y la gran puerta de doble batiente abierta; resonaba el órgano, mientras los hombres y mujeres avanzaban por la nave: «¡Primero los señores!», decían; y los novios de alajú dejaron paso a Knud y Juana, los cuales fueron a arrodillarse ante el altar; ella inclinó la cabeza contra el rostro de él, y lágrimas glaciales manaron de sus ojos; era el hielo que rodeaba su corazón, fundido por su gran amor; las lágrimas rodaban por las mejillas ardorosas del muchacho... Y entonces despertó, y se encontró sentado al pie del viejo sauce de una tierra extraña, al anochecer de un día invernal; una fuerte granizada que caía de las nubes le azotaba el rostro.
- ¡Ha sido la hora más hermosa de mi vida - dijo -, y ha sido sólo un sueño! ¡Dios mío, deja que vuelva a soñar! - y, cerrando los ojos, se quedó dormido, soñando...
Hacia la madrugada empezó a nevar, y el viento arrastraba la nieve por encima del dormido muchacho. Pasaron varias personas que se dirigían a la iglesia, y encontraron al oficial artesano, muerto, helado, bajo el sauce.

(*)Fuente: Hans Christian Andersen

SUMISIÓN VOLUNTARIA...¿ACEPTAS? FELIZ NAVIDAD...

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EL CONTRATO
Lo firmas cada mañana....
Poco importan nuestras creencias o nuestras ideas políticas, el sistema instituído reposa en el acuerdo tácito de un tipo de contrato aprobado por cada uno de nosotros que a grandes rasgos os expongo:
Acepto la competitividad como base de nuestro sistema, aunque soy consciente de que este funcionamiento engendra frustracion y cólera a la inmensa mayoría de los perdedores.

Acepto que me humillen o me exploten a condición de que se me permita humillar o explotar a otro que ocupe un lugar inferior en la pirámide social.
Acepto la exclusión social de los marginados, de los inadaptados y de los débiles porque considero que la carga que puede asumir la sociedad tiene sus límites.
Acepto remunerar a los bancos para que ellos inviertan mi sueldo a su conveniencia y que no me den ningún dividendo de sus gigantescas ganancias (ganancias que servirán para atracar a los países pobres, hecho que acepto implícitamente).
Acepto también que me descuenten una fuerte comisión por prestarme dinero, dinero que proviene exclusivamente de los otros clientes.Acepto que congelemos o tiremos toneladas de comida para que los cursos bursátiles no se derrumben, en vez de ofrecérsela a los necesitados y de permitir a algunos centenares de miles de personas no morir de hambre cada año.
Acepto que sea ilegal poner fin a tu propia vida rápidamente, en cambio tolero que se haga lentamente inhalando o ingeriendo substancias tóxicas autorizadas por los gobiernos.Acepto que se haga la guerra para así hacer reinar la paz.Acepto que en nombre de la paz, el primer gasto de los Estados sea el de defensa. Entonces acepto que los conflictos sean creados artificialmente para deshacerse del stock de armas y así permitir a la economía mundial seguir avanzando.
Acepto la hegemonía del petróleo en nuestra economía, aunque es una energía muy costosa y contaminante y estoy de acuerdo en impedir todo intento de sustitución si se desvelara que hemos descubierto un medio gratuíto e ilimitado de producir energía.
Acepto que sería nuestra perdición.Acepto que se condene el asesinato de otro humano, salvo que los gobiernos decreten que es un enemigo y me animen a matarlo.
Acepto que se divida la opinión pública creando unos partidos de derecha y izquierda que tendrán como pasatiempo la pelea entre ellos haciéndome creer que el sistema está avanzando.
Además acepto toda clase de división posible con tal que esas divisiones me permitan focalizar mi cólera hacia los enemigos designados cuando se agiten sus retratos ante mis ojos.
Acepto que el poder de fabricar la opinión pública, antes ostentado por las religiones, esté hoy en manos de hombres de negocios no elegidos democráticamente que son totalmente libres de controlar los Estados, porque estoy convencido del buen uso que harán con él.
Acepto que la idea de la felicidad se reduzca a la comodidad; el amor al sexo y la libertad a la satisfacción de todos los deseos, porque es lo que me repite la publicidad cada día. Cuanto más infeliz soy más consumo. Cumpliré mi papel contribuyendo al buen funcionamiento de nuestra economía.
Acepto que el valor de una persona sea proporcional a su cuenta bancaria, que se aprecie su utilidad en función de su productividad y no de sus cualidades, y que sea excluído del sistema si no produce lo suficiente.Acepto que se recompense cómodamente a los jugadores de football y a los actores y mucho menos a los profesores y los médicos encargados de la educación y de la salud de las futuras generaciones.
Acepto que se destierre de la sociedad a las personas mayores cuya experiencia podría sernos útil, pues, como somos la civilización más evolucionada del planeta (y sin duda del universo) sabemos que la experiencia ni se comparte ni se transmite.
Acepto que se me presenten noticias negativas y aterradoras del mundo todos los días, para que así pueda apreciar hasta qué punto nuestra situación es normal y cuánta suerte tengo de vivir en Occidente. Sé que mantener el miedo en nuestros espíritus sólo puede ser beneficioso para nosotros.
Acepto que los industriales, militares y jefes de Estado celebren reuniones regularmente para, sin consultarnos, tomar decisiones que comprometen el porvenir de la vida y del planeta.
Acepto consumir carne bovina tratada con hormonas sin que explícitamente se me avise. Acepto que el cultivo de OGM (Organismos Genéticamente Modificados) se propague en el mundo entero, permitiendo así a las multinacionales agroalimentarias patentar seres vivos, almacenar ganancias considerables y tener bajo su yugo a la agricultura mundial.
Acepto que los bancos internacionales presten dinero a los países que quieren armarse y combatir, y que así elijan los que harán la guerra y los que no. Soy consciente de que es mejor financiar a los dos bandos para estar seguros de ganar dinero y prolongar los conflictos el mayor tiempo posible con el fin de poder totalmente arrebatar sus recursos si no pueden reembolsar sus préstamos.Acepto que las multinacionales se abstengan de aplicar los progresos sociales de Occidente en los países desfavorecidos. Considerando que ya es una suerte para ellos que los hagan trabajar. Prefiero que se utilicen las leyes vigentes en estos países que permiten hacer trabajar a niños en condiciones inhumanas y precarias. En nombre de los derechos humanos y del cuidadano, no tenemos derecho ejercer injerencia.Acepto que los laboratorios farmacéuticos y los industriales agroalimentarios vendan en los países desfavorecidos productos caducados o utilicen substancias cancerígenas prohibidas en Occidente.Acepto que el resto del planeta, es decir cuatro mil milliones de individuos, pueda pensar de otro modo a condición de que no venga a expresar sus creencias en nuestra casa, y todavía menos a intentar explicar nuestra Historia con sus nociones filosóficas primitivas.Acepto la idea de que existen sólo dos posibilidades en la naturaleza, a saber: cazar o ser cazado, y si estamos dotados de una conciencia y de un lenguaje, ciertamente no es para escapar de esa dualidad, sino para justificar por qué actuamos de ese modo.
Acepto considerar nuestro pasado como una como una continuación ininterrumpida de conflictos, de conspiraciones políticas y de voluntades hegemónicas, pero sé que hoy todo esto ya no existe porque estamos en el summum de nuestra evolución, y porque las reglas que rigen nuestro mundo son la búsqueda de la felicidad y de la libertad para todos los pueblos, como lo oímos sin cesar en nuestros discursos políticos.
Acepto sin discutir y considero como verdades todas las teorías propuestas para la explicación de los misterios de nuestros orígenes. Y acepto que la naturaleza haya podido dedicar millones de años para crear a un ser humano cuyo único pasatiempo es la destrucción de su propia especie en unos instantes.
Acepto la búsqueda del beneficio como fin supremo de la Humanidad y la acumulación de riqueza como realización de la vida humana.
Acepto la destrucción de los bosques, la casi desaparición de los peces en los ríos y en nuestros océanos.
Acepto el aumento de la polución industrial y la dispersión de venenos químicos y de elementos radiactivos en la naturaleza.Acepto la utilizacion de toda clase de aditivos químicos en mi alimentación, porque estoy convencido de que si se añaden es porque son útiles e inócuos.
Acepto la guerra económica que actúa con rigor sobre el planeta, aunque siento que nos lleva hacia una catástrofe sin precedentes.
Acepto esta situación, y supongo que no puedo hacer nada para cambiarla o mejorarla.Acepto ser tratado como ganado porque definitivamente pienso que no valgo más.

ACEPTO NO PLANTEAR NINGUNA CUESTIÓN, CERRAR LOS OJOS SOBRE TODO ESTO Y NO FORMULAR NINGUNA OPOSICIÓN VERDADERA, PORQUE ESTOY DEMASIADO OCUPADO POR MI VIDA Y MIS PREOCUPACIONES.INCLUSO ACEPTO DEFENDER A MUERTE ESTE CONTRATO SI USTED ME LO PIDE.ACEPTO PUES, EN MI ALMA Y CONCIENCIA Y DEFINITIVAMENTE ESTA MATRIZ TRISTE QUE USTED COLOCA DELANTE DE MIS OJOS PARA ABSTENERME DE VER LA REALIDAD DE LAS COSAS.

Sé que todos ustedes actúan por mi bien y el de todos, y por eso les doy las gracias.