
Un peculiar cuento de fantasmas: Hotel con sombrero (por Tesa Vigal)
Con la ventanilla bajada el zumbido del coche era casi adormecedor. Y la luz de septiembre aún más fronteriza en aquel atardecer delicado y transparente, con algo muelle en el aire que iba arrastrando el cansancio acumulado de un día frenético.
Al final no le había dicho a nadie dónde iba. Tampoco lo sabía yo.
Un rayo del sol poniente me dio en los ojos y me puse las gafas oscuras del asiento contiguo, tiradas junto a un par de discos. Puse Avalon de Roxy Music, uno de los dos, y la primera canción More than this -Más que esto- me asaltó con melancólica urgencia.
Hay canciones cuya aparente sencillez se vuelca en atmósfera alargada, en el peso de lo no dicho en cada acorde, en la densidad de cada verso sintetizado con un prolongado poso de sugerencia indefinida y exacta.
Recordé la decisión que tendría que tomar en esos días de algo parecido a la huida, aunque en el fondo era sólo un necesario respiro. Y quería parar ya en el primer hotel que se cruzara en mi camino. Al no tener ya que estar tenso con la gente me sentía agotado por el desgaste nervioso, con la tranquilidad del tiempo por delante llenando el hueco que había quedado. A lo mejor la vida era eso, llenar huecos y cavar otros.
Vi una montaña rocosa y desigual en el horizonte, con una ladera rojiza de sol y la otra oscura con brillo azulado. Pasó un ramalazo de olor a tomillo, o a romero, y enseguida las casas en el valle formando un pequeño pueblo, y justo a un lado de la carretera un hotel. Al menos eso ponía en un tierno cartel deslucido, sobre la puerta de madera pintada de un luminoso azul.
Me pareció el sitio perfecto. Quién sabe para qué, pero las cosas que dan esa impresión supongo que merece la pena vivirlas.
Era una casa antigua de piedra y madera, de dos pisos, con un jardín al que se le había dejado crecer en libertad. Quizás por eso el olor que desprendía era profundo y recóndito. Despierto.
En la recepción recoleta, rodeada de fotos de ríos boscosos y la montaña vista desde el coche, hablé con el dueño, un fotógrafo de pelo gris casi blanco, al que le gustaba bastante hablar y dejar siempre algo sin decir. Sonreía mucho y a veces sus ojos tenían el brillo de una comprensión generosa, que abarcaba más que sus últimas palabras. Habló de las fiestas del pueblo. Tocarían tres músicos que se alojaban también en el segundo piso. Esa noche pondrían en el salón una película. Todos los huéspedes estábamos invitados. Sólo éramos cuatro. Quedaban otras cuatro habitaciones vacías, justo la mitad.
Ante mi extrañeza me explicó que la gente que venía a las fiestas se alojaba en las casas del pueblo de sus familiares y conocidos. “No querían…” Había parajes muy curiosos por los alrededores y la luz para un fotógrafo era muy apetecible. Su mujer sin embargo era llenita y silenciosa y tenía la desconcertante costumbre de mirar de reojo con frecuencia. Como si se preguntara, o dudara, sobre la capacidad de su campo de visión.
Habitación 21. Un armario moderno, una cómoda antigua y sólida en la que daban ganas de guardar algo, la cama con una manta fina y sábanas que olían a nuevo… Una desconcertante mezcla de algo acogedor y algo impasible, con una ventana sobre los campos cosechados y silenciosos y un bosque a unos 100 metros, tupido y reservado, extendido hasta el pie de la montaña con aire de guardián absorto.
Decidí dar un paseo hasta el pueblo antes de cenar y allí fue donde noté la conmiseración con la que trataban a los forasteros del hotel, una lástima dilatada que contrastaba con el bullicio excitado de las fiestas. No me importó, no había venido para hacer vida social. Aún así registré cada detalle. O, precisamente por eso, vagué por sus callecitas sintiendo sin saber que lo hacía. Lejos de estar de visita, mi ánimo susceptible y bandeado me empujaba a bailar sin juzgar la música que sonara, sin haberlo decidido y sin tratar de colocar nada.
Quizás por eso me impresionó especialmente la chica del sendero, que conocí al regresar.
Era una noche reposada y secreta, de luna creciente sobre el camino cuya luz volvía cenicienta a la hierba de las primeras lluvias de septiembre y lechosa y polvorienta a la tierra ambarina. Pero el aire cambió bruscamente de dirección, se oyó un chasquido próximo y la vi avanzar con paso rápido hacia mí, como si acabara de salir de las sombras del bosque con algún propósito apremiante. Y el campo entero siguió el rumbo de un movimiento recién iniciado en otra parte. Algún lugar atareado que hubiese interpenetrado en el corazón de la quietud. Como el viento enredando su pelo largo contra un lado de su cara plateada por la luna y ciñendo el vestido blanco, hasta media pierna, en sus muslos resueltos de andar flexible y pasos largos.
La sensación de extrañeza emborrachaba y me negué a preguntarme sobre ella. Sobre todo cuando se paró ante mí y sentí el peso de su mirada indagadora y remota y empezó a fascinarme lo fácil que era el silencio. Los dos lo paladeamos hasta que ella me habló con una voz dulcemente densa.
-No eres de aquí… Tampoco del pueblo, debes ser huésped del hotel
Sentía su mirada recorriéndome por dentro con cientos de dedos sedosos y agudos, y me asombré del alcance sensual que a veces tiene la conexión instantánea y personal con un desconocido.
Ella sonrió soñadora ante mi pensamiento y me preguntó lo que le interesaba:
-¿Sabes cuándo van a poner el documental?
-No lo sé, supongo que después de cenar… Tú ¿estás en el hotel?
-A veces. Me gustan los músicos que hay ahora. Bueno, tú también. Tu forma de salirte de una línea, de hacer un aparte… La gente no suele saber utilizar los paréntesis.
Ante mi desconcierto me besó en la mejilla sin tocarme, haciéndome agudamente consciente de la sensación de su cara acercándose despacio, el aliento con olor a caramelo muy cerca de mis labios y el tacto caliente y breve de su boca.
Sin embargo no pude entregarme al susto porque predominaba el hechizo del momento, las piernas algodonosas, una deliciosa sensación sustituyendo al peso físico de mi cuerpo, que no quería moverse sino seguir mirándola, escuchando sus palabras desgranadas con la lentitud de un conjuro. Pero no era eso. Era lo extraordinario. Y desconfiaba de ello, y eso me daba miedo.
-Sí, sabes que no pretendo asustarte. Eso sólo lo hace algún pobre cretino… Y puedes llamarme lo que quieras, aunque la mayoría diría que soy un fantasma. Lo importante es que mi nombre sigue siendo Isabel.
Nos contemplamos saboreando la brisa tenue que nos enlazaba. Dolorosamente pasajera, esto es lo que nos asombraba: los dos queríamos prolongar el momento.
-Es verdad. No estoy acostumbrada a una reacción como la tuya. A ellos les da miedo el poder de lo desconocido. Tú sin embargo me miras como a una persona, como a alguien posible…
-No me fío de lo extraordinario. No espero nada bueno de ello. Supongo que pienso que lo maravilloso no puede acabar bien
Traté de distinguir el color de sus ojos pero no lo logré hasta dos días más tarde, en pleno día luminosamente nublado, cuando las nubes brillan metálicas acumulando lluvia y las siluetas, los contornos de las cosas son más nítidas, como recién perfiladas.
En aquella noche de sobredosis lunar nos sonreíamos levemente, con sonrisas contenedoras de historias, o nos mirábamos como niños embebidos en un juego de melancólica complicidad, o la escuchaba y me preguntaba ¿por qué no?, mientras el cielo permanecía detenido en algún punto perdido tangencial con los sueños, paralelo a lo cotidiano y trasversal y directo a algún centro de mí inactivo. Sentir esas cosas era nuevo para mí.
-Te has movido mucho últimamente, has hecho muchas cosas y ahora tienes que dejarlas reposar. Eso les pasó a un grupo de porteadores en una expedición de hombres blancos. Lo leí en una revista de viajes de principios del siglo XX. Los indígenas dejaron los bultos en el suelo y se sentaron o se tumbaron por allí, tranquilamente. Los exploradores preguntaron qué les pasaba y, por supuesto, no entendieron su respuesta: “Hemos ido demasiado rápidos y ahora tenemos que esperar al alma”. Creo que lo sacó en una película Antonioni, pero sólo lo he oído decir, no la he visto…
Quizás estaba esperando al alma, o quizás estaba haciendo el imbécil. No sería la primera vez. Tuve ganas de fumarme un cigarro… ¿sería correcto hacer eso ante un fantasma?, y la miré burlón esperando su sonrisa. Acerté.
-¿Te imaginabas normas de etiqueta o algo así? Normas, reglas… Demasiados preceptos y poca consciencia. Se trata de aprender a ser libres, igual que aquí
Así que encendí un cigarrillo que me supo a polvo lunar y a indio. ¿Por qué quería saber cuándo ponían la película?
-Al otro lado hay cosas que no están claras, como aquí. Te encuentras de repente en un mundo donde tratas de ver señales, comprender, aprender a vivir. Y todo significa algo y también hay todo tipo de gente, aunque están más marcadas las afinidades. Aquí todo es más caótico, con una riqueza muy especial… Allí sabes claramente lo que tienes que aprender, lo que necesitas. Y todo es etéreo, despojado de la pesada rotundidad del cuerpo y sin embargo es como… una sobredosis espiritual. Todo está empapado de espíritu. O de pronto se percibe lo empapado de espíritu que siempre ha estado todo… He oído cosas sobre el documental y creo que me interesa verlo. Además hacía mucho que no venía por aquí…
-¿Viviste aquí?, suena a nostalgia
Me indicó con un dedo la montaña oscura recortada en el cielo azul añil.
-Allí… Nos perdimos tres chicas en una excursión. Se apoderó de nosotras el influjo del lugar. Hasta el punto de que una de ellas entró allá donde quiera que sea que vive el espíritu de la montaña… Hay tantos mundos paralelos… Todo es más complejo, y afecta menos al verlo de otra forma… Conoces a alguien inesperado y poco a poco te vas dando cuenta de que es un dios o un espíritu de algo, a lo que tú te estás conectando en ese momento. Y al ser fuente de esa energía, sea amor, violencia, poder, sabiduría, regeneración… puede aclararte cosas sobre su naturaleza, modos de actuar y consecuencias… Manual de instrucciones, eso que tanto echamos de menos a veces…
-Así que un universo multidimensional… Manual de instrucciones… Entonces cada vida tendría un sentido. Bueno, depende. Al otro lado también habría despistados y perdidos ¿no?. Lo has dicho antes, que hay toda clase de gente, como aquí
-Incluso hay quien ignora que ha muerto. O se niega a aceptarlo, pretende seguir viviendo como antes del cambio…
Parecía pensar en voz alta y de improviso volcarse encantada en una comunicación entre mundos.
-… Y luego lo curioso del aspecto. Suele corresponder a la idea, o a la imagen que tenemos previamente. Y el resto de nosotros tenemos la mejor apariencia que tuvimos en vida. Como si en el otro lado se partiera de lo mejor de la vida anterior y el aspecto fuera simbólico… Los símbolos… Comprender lo que significa que son algo vivo, como los múltiples dioses y su multitud de caras. De esa forma de conectar con lo espiritual… ¿Ves?, nos sale con frecuencia la palabra espíritu… Es lo cotidiano…
Me habló de sendas, puertas y lugares donde los mundos pueden entrar en contacto o superponerse, y la multitud de catalizadores o impedimentos para abrirse o cerrarse. De tranquilos durmientes. De aferrados al pasado y espacios impregnados por ellos. Praderas salvajes. Ríos circulares. Encantadas. Fuentes del olvido y de la lucidez. Lenguaje de los pájaros. Lugares siempre entre dos luces con puertas de entrada y salida al tiempo. Estrellas verdes y vientos de polvo dorado. De ese bosque y esa montaña por donde pasaban hadas y seres de todo tipo, la mayoría sin nombre. Y yo la escuchaba entre la bruma de lo lejano y la cercanía de una pasmosa naturalidad.
Al preguntarle cómo era que no sabía cuando ponían la película si conocía su existencia, me contó cómo caían los límites del tiempo y la mente. Por eso podía conocer pasado o presente (dónde estaba guardada cualquier cosa perdida, por ejemplo), pero no funcionaba con aquello que buscaban o necesitaban para descubrir sentidos o destinos. Lo personal también era intransferible al otro lado. La imposibilidad de intervenir en la vida de aquí. El gran esfuerzo y energía para coger o mover cualquier objeto material. Era mucho más fácil traer algo desde el otro lado.
-¿Se te puede abrazar?
Su risa, limpiamente sorprendida, se propagó en un eco nítido a lo largo del sendero. Comentó que eso dependía de lo materializada que estuviese. Mis brazos atravesarían su figura, o no. Y añadió mirándome extrañada y divertida:
-Nadie quiere abrazar a un fantasma…
-Yo sí pero no me atrevo
-Esta noche no quieres comprobar nada, por eso estás hablando conmigo…
-Algo así, supongo. Entonces ¿mi vida tendría sentido?
-Y sólo puedes dárselo tú
El cigarro me quemaba los dedos y lo aplasté con el pie. Supe que ese lapso de tiempo estaba acabando. Me lo confirmó la indicación de ella de que iría más tarde al hotel para ver el documental. Y mientras lentamente su contorno se difuminaba dijo:
-Siempre hay algo melancólico en el desaparecer de aquí
Cuando dejé de verla los grillos volvieron a cantar y fui consciente del frescor de la noche. Y, al dejar de estar detenido, el aire o el cielo lo cubrió todo con contrastada nitidez y apabullante destreza.
El regreso al hotel fue una sucesión de momentos tan temporales que daban ganas de gritar. Amalgama de imágenes, palabras y gestos que clamaran por un orden del que nadie éramos conscientes.
Había un antiguo sombrero de paja colgado de la barandilla de la escalera. Al comentarle al dueño que alguien se lo habría olvidado allí, me miró en silencio tanto rato que podía masticarse su esfuerzo por encontrar palabras adecuadas. Sólo eso. Ni palideció, ni se sobresaltó, era un problema cotidiano más. Luego respondió, encantado y remiso al mismo tiempo, a mis preguntas sobre chicas perdidas en la montaña y nunca encontradas.
Me enteré así de su manera de encarar la peculiaridad del hotel y alrededores. Para él era algo que formaba parte de sus vidas, un punto exótico que respetaba a distancia sin rastro de miedo, más bien con curiosidad de fotógrafo más incomodidad de hotelero. Por eso la gente del pueblo evitaba el lugar. Tenía fama de que allí pasaban cosas raras. Sólo una persona, cuando al día siguiente pregunté en sus calles, pronunció la palabra “encantado”. Los demás me miraron remisos o burlones y cambiaban de tema rápidamente.
Fotos curiosas en la sala donde estaba el deuvedé y la tele. Fotos de luces y sombras superpuestas a paisajes y una del primer tramo de la escalera, donde podía verse cualquier cosa o ninguna, pero que destacaban por algo anómalo e impreciso que atrapaba la mirada.
El sombrero siempre aparecía cuando algo raro rondaba cerca, “anda la puerta abierta” según sus palabras. Pero no me atreví, ni quise, contarle ese momento tan peculiarmente íntimo que había pasado con Isabel. Le dejé seguir con el tono de un guía de museo citando cosas notables, de las que en el fondo se sentíaalejado aunque participando del prestigio del tema.
A los dos días fui testigo de la diferente manera de reaccionar de su mujer. Y esa misma noche conocí a los tres músicos en el comedor.
La guitarra la tocaba ella, Deli, además de cantar. Luego estaban el batería y el bajista. Contaban anécdotas y peripecias de su vida en la carretera. Eran divertidas, aunque no tanto como pretendían. En su manera de contar había una voluntad de rescate que sonaba a algo roto y pegado cuidadosamente.
Deli fue la única que observó en mí la huella de lo insólito y la rastreó con mirada abierta de decisión precavida, cuando todo es creíble porque no se espera nada y se entiende muy poco después de vivir demasiado.
Después de cenar se sentó a mi lado en la sala con su vieja camiseta de los Clash y unos pantalones holgados de tela escocesa. Sostenía elegantemente un vaso de vino en la mano y me miró con la dignidad de una reina en el exilio.
-Tienes cara de…
-¿De haber visto un fantasma?
Nos sonreímos, pero ella avanzaba pausada y firmemente, sin distraerse de su sensación.
-No, no es eso, no pareces asustado, es más bien como si acabaras de vivir algo que te inquieta, algo con lo que nunca hubieras soñado. Y todavía estás prendido de ello
-Es este sitio y no me refiero al hotel, es como si el hotel estuviera en su camino
-¿Y tú te hubieras cruzado con el cruce?... Eso pasa mucho en la vida cotidiana
Lo dijo soñadora pero enseguida añadió irónica: -Una vez me preguntaron si nunca me había sentido acompañada estando sola y contesté que no, que me había pasado justo lo contrario, sentirme sola estando acompañada
Comprendí que se protegía de la gente, aunque permanecía abierta al mundo, relativizando lo grande y lo nimio por sistema. Y la ironía era la única manera de conseguirlo. Bajo ella yo percibía una tolerancia indagadora, que aceptaba y cuestionaba, y por eso seguí con el tono privado.
-Cuando no te sorprende ninguna posibilidad es como si lo extraordinario fuese tu hogar…
-Hogar… No sabía que utilizaras palabras malsonantes… Tendría que hacer más frío y estar encendida esa preciosa chimenea. Y contarnos historias. Sin la chimenea prefiero que no me cuentes la tuya, al menos esta noche
Nos sentíamos a gusto con nuestra conexión a través de algo presente y eludido, o pospuesto sin problemas. Pero enseguida entraron los dueños al salón y a Deli la llamó uno de los músicos desde la puerta. Ninguno de los tres se quedó a ver la película. Una de Peter Weir sobre el caso sin resolver de tres chicas desparecidas en Hanging Rock, en Australia. “Picnic en Hanging Rock”.
Curiosas imágenes muy sugerentes, mostrando preguntas sin contestar ninguna. Notaba la presencia de Isabel aunque ninguno vimos nada, a pesar de que la dueña se volvió un par de veces hacia el fondo de la sala y yo me quedé con ganas de preguntarle el motivo.
Luego el crujir de la madera de la escalera al subir a mi habitación. Los jadeos contenidos que surgían de la puerta contigua. Los celos inesperados al imaginar a Deli suave y cálida al otro lado de la pared. Después el silencio, el canto hipnótico de los grillos al asomarme a la ventana, la luna ya muy baja moviéndose rápida. Viento a ráfagas, nubes deslizándose incesantes. ¿Había visto a un fantasma?, ¿con quién había estado hablando? Pensé “¿qué he visto exactamente?”. Sueños inquietos y brumosos. Indagación en el pueblo. Cartel con la actuación de esa noche de mis compañeros de hotel. El bosque como esperándome…
Me imaginé visto en el lindero por los árboles agitados por el viento incesante y era como ver a un niño, o alguien pequeño bañado por el sol a punto de penetrar en lo desconocido. Creo que me pasé el día buscando algo, no a ella, sin saber qué. No vi el sombrero. Sí recuerdo la imagen de la furgoneta de los músicos brillando al sol con su tremendo color naranja. Cómo recordé lo que me esperaba de vuelta en la ciudad contemplando el vuelo en picado de un gorrión. Y la emoción a destiempo ante el simple aroma del café, como si perteneciera a un plano inalcanzable y tentador. Mi visita al río, donde la impresión otoñal se dejaba sentir intensamente en la humedad acumulándose en sus orillas. Una mosca en una roca calentando al sol su vuelo atontado, varias piñas caídas y algunas hojas de roble amarillas. La ansiedad ante cualquier crujido por saber que pertenecía al mundo cotidiano. El sabor del bocadillo y la cerveza que me devolvió inesperadamente a una infancia torcida de olores penetrantes. Desazón. Una carrera hacia la montaña, repentina y explosiva, que me dejó agotado pero más tranquilo, sentado sobre una roca en medio de aquel paraje. El brillo verde de una canica irisada medio enterrada. Una siesta de apenas cinco minutos en mi habitación, con la sensación distorsionada del tiempo de que había dormido al menos una hora. El deseo de encontrarme a solas con Deli, en busca de una complicidad presentida. Las caras bulliciosas en las terrazas adornadas de la plaza del pueblo. La tarde interminable con sabor a mí. Los pasos en la escalera. Mi búsqueda de rincones donde acurrucarme.
Cuando llegué a esa conclusión faltaba poco para la verbena y cené algo en una de las terrazas, donde seguí sin encontrarme a Deli, rodeado del último brillo del verano acabado en las caras de los visitantes, con esa calma dispuesta a todo del tiempo libre. Bombillas de colores, puestos de churros, de chuletas, de tiro al blanco, el maravilloso triunfo de lo deliciosamente intrascendente.
La voz insolente y honda de Deli ante el micro era igual que su forma de tocar la guitarra, allí bajo la luna justo en su mitad creciente, con un sencillo vestido rojo dedicado a la verbena. Sin embargo llevaba el rock en los pies y estaba claro que las botas eran para ella. Botas de gamuza suave, ligeras, resbalando blandas sobre los tobillos en numerosos pliegues blancos, aterciopelados bajo el efecto del foco de luz polvorienta que la iluminaba. Agarraba el micro con ternura interrumpida, y el pelo teñido de negro azulado parecía salido de una visión de Allan Poe. Suelto y liso hasta los hombros, al contrario del pelo rubio, largo y enredado de Isabel.
El batería y el bajista se movían bajo la luz rojiza de dos focos prestados por la discoteca del pueblo. Uno de ellos parpadeaba y la cara del batería era visible sólo en instantes de aparición ilusoria, mirando fijamente a la gente bailando algo que tocaba él, que conocía todo el mundo, y que le pasmaba más allá del horror. Como si preguntara al viento dónde estaba la música que tocaba de verdad, en el local de ensayo alquilado con el dinero que le daría el ayuntamiento. Y el bajista tocaba sumido en una mecánica manoseada y aburrida, de la que despertaba de repente para sonreír al público lejanamente.
Todo el escenario al aire libre, a un lado de la plaza, desprendía dura irrealidad, algo velado que le daba cierto aire de espejismo, en el que por fortuna no se fijaban los bailarines incansables, inmersos en el suyo propio.
Volví antes de que acabaran de tocar, flotando blandamente sobre el solitario camino donde no me encontré con nadie, sintiéndome estafado por mí o por mi vida.
Antes del par de cervezas había visto una luz donde no tenía que estar, en la esquina de una calle. Después de las dos cervezas ya no vi nada.
Al día siguiente me levanté tarde y me alegré de que estuviera nublado. Tenía nostalgia de la lluvia tras un largo y seco verano indefendible. Fue en el jardín.
Me envolvió de improviso la irrealidad del encuentro en el sendero. Empecé a ver y mirar de la misma forma, como si todo fuera desconocido, o tuviera la posibilidad de ser cualquier otra cosa. Supongo que me influyó el gato. Miraba fijamente a un punto en concreto del aire cerca de un pequeño fresno, apenas de metro y medio, un par de primaveras creciendo entre tréboles. ¿A qué miran los gatos cuando se quedan largo rato mirando al vacío?
Me senté en un sillón de camping de rayas. Pensaba en lo crucial de ciertas decisiones y en la banalidad de sus consecuencias. Basta dejar pasar el suficiente tiempo, y la nueva situación surgida será ya algo cotidiano, incluso olvidado. Y sería enloquecedor preguntarse sobre el rumbo desconocido que hubiera tomado la decisión contraria. Todo me parecía pequeño y triste desde media hora antes, cuando vi de nuevo el sombrero de paja colgando de la barandilla de la escalera. Y me hizo temblar el oscuro presentimiento de lo cumplido, como si eso fuese lo más parecido a la presencia de lo que no podemos entender. Un fantasma, por ejemplo…
Me levanté para buscar tabaco en mi habitación. La dueña del hotel entró en ese momento al vestíbulo, y al ver el sombrero palideció tanto que me acerqué a ella. Su expresión sobrecogida acabó en un gesto torpe y lento de sus brazos abrazándose a sí misma, tratando de procesar algo viejo y esporádico que no acababa de salir de su vida. Cuando creí que estaba a punto de desmayarse me sonrió, suspiró profundamente y poco a poco le volvió lo sonrosado a sus pómulos y el brillo a sus ojos color miel.
-No pasa nada. No puedo evitarlo. Ya sé que me asusto. Pero ya se ha pasado.
Me admiré de la naturalidad con la que aceptaba sus reacciones. Al alejarse ya caminaba con su andar práctico de siempre. En cada uno de los pasos de alguna gente es como si no existiera el aire recorrido, sino sólo el suelo firme bajo sus pies.
También cogí un jersey por si llovía y en el pasillo vi a Deli abrir su puerta para salir. Tenía cara de sueño y detrás de ella el bajista la frotó los brazos, le dijo algo al oído y le tendió una sudadera blanca.
Me llevé al jardín mi participación involuntaria en su complicidad, demasiado revuelto de emociones a flor de piel. Nada más salir Deli se quedó contemplando la intensa luminosidad de aquel raro nublado. Luego me vio y se sentó en otro sillón de rayas más finas. En esos momentos se dice cualquier cosa y yo lo hice, acuciado por el sombrero que seguía allí, inocente y enigmático, por el gato que todavía miraba al mismo punto, y por el jardín creciendo salvaje.
-Parece que os queréis, me dais envidia
-¿Aunque no nos gustemos?
-Lo siento, suele pasar
-Con frecuencia. Sin ir más lejos yo sólo he conocido ese tipo de relaciones. Son muy tristes, aunque a algunos les da seguridad. Y a mí me ha enseñado camaradería. Son muchos kilómetros…
-¿Crees en el destino?
-Me encantaría, sería reconfortante algo firme, algo con sentido, y que aumentara los niveles del sentido del humor y la libertad… Creo que estoy desbarrando, todavía estoy medio dormida
-¿Te gusta lo que haces?
-Lo que tuve que tocar anoche no. Por eso me gustaría que existiera el destino, así no me atormentaría pensando en otros caminos
-Hablas como si elegir fuera una carga
-A veces las dudas son condena y cadena
Dimos unos pasos entre la maleza reseca del verano concluido. Junto a algunos cardos me imaginé las amapolas rojas de primavera. Cerca de una encina muy vieja el jardín hacía un recodo que se mecía despacio, titubeando entre colores y matices y el silencio repentino de los pájaros y nuestros pasos.
A pocos metros estaba Isabel apoyada en el tronco de un fresno, hablando en murmullos con un hombre muy alto, puro magnetismo. Hasta creí percibir una intensa vibración en torno a su capa azul añil sobre su cuerpo desnudo, calzado con unas simples sandalias de cuero.
El sorprendente aspecto de alguien tan poco fantasmal me hizo mirar rápidamente a Deli, pero ella no le veía. Sólo le llamaba la atención Isabel. Me preguntó quién era esa chica con el tono indefinido y reverente que nos inspira algo muy especial que no logramos identificar. Y me salió una respuesta cortante que no pareció importarle.
-Un fantasma de por aquí
-… Está hablando sola. Su vestido es precioso, tiene un aire a los años 20…
Nos sentamos a observarla en unas piedras, sin tratar de ocultarnos, sin saber si ella nos veía, sin acercarnos.
-Me estaba acordando de algo que dijiste. Hay momentos en que resultaría más fácil morir. No hacer nada, no tener nada que decidir, ausencia de nostalgia y deseos. Descansar en una dulce y acogedora nada. Si me dan a elegir preferiría que no existiera más vida después de la muerte. Pero es tan difícil la muerte cuando todo tu entorno te involucra y le sigues el rastro apasionadamente, sin poder decir adiós. Y de repente vives otro instante en que necesitas despedirte y ver desde fuera el presente para entenderlo, incluso dar sentido a tu pasado y formar con las dos cosas una historia de la que nunca conocemos el final. Porque ya no estamos, o porque parte del desenlace está dentro de otros…
Pero debieron oírme de alguna manera ya que los dos se volvieron hacia nosotros. Me quedé con la mirada del hombre de la capa. Más que penetrante era una exquisita taladradora y al acabar de envolverme con su vibración la apartó de mí, como si se hubiera retirado la capa hacia atrás con un raro desafío en el gesto de su cuerpo desnudo. Luego ladeó sus labios sin despegarlos en una sonrisa de reconocimiento y se alejó hacia el fondo del jardín, hasta desaparecer en la parte más frondosa que daba al valle, el sendero, la montaña y el bosque. La parte de atrás del hotel, a donde daba mi habitación. Me atrapó la portentosa energía que desprendían sus pasos y una estela de poder antiguo y olvidado que estremecía los guijarros y latía con la tierra.
Me sacó de mi abstracción Isabel, justo ante nosotros, con su vestido blanco de brillo húmedo en aquel día de raso gris en las nubes deslumbrantes. Nos dijo que había venido a despedirse.
-¿Dónde te vas?
Deli se lo preguntó sin entender muy bien de qué iban aquellos momentos y, lo más curioso, sin pretender saberlo. Como si lo que le interesara fuera otra cosa.
-Sois vosotros los que os vais mañana ¿no?
-Sí, mañana se acaban las fiestas del pueblo y el fin de semana y…
Le pregunté con quién hablaba antes y nos dedicó una sonrisa tiernamente triste, o dulcemente discreta y nos respondió con ironía si a alguno de los dos nos gustaban los dioses griegos. Deli aceptó con suave displicencia sus palabras y le correspondió con otra sonrisa grácil con rumbo a una nostalgia desabrida. Yo insistí:
-¿Quién era?, ¿y por qué te interesaba el documental?
Isabel había empezado ya a alejarse y se volvió un instante para responder con tono evocador, sin punto final aunque de hecho lo fuera:
-Igual respuesta a las dos preguntas: es cosa mía
Se perdió entre los arbustos y una caseta de madera descolorida que usaban de leñera.
Cuando los pájaros volvieron a cantar Deli comentó que a veces todo parece un sueño y sin embargo suelen ser los momentos con más peso real, cuando todo parece tener un volumen más denso de lo normal.
-… Más relieve y al mismo tiempo con algo ligero. Lo acabaré cantando en una canción… ¿Es verdad que también te vas mañana?
-En realidad no estaba seguro, pero me está empezando a parecer bien. Vosotros ¿vais a otro pueblo?
Suspiró y pareció tantear con dedos limpios su trayectoria, o cierta parte de ella.
-Se acabaron los bolos este verano, volvemos a Madrid
-Yo también… ¿Quieres cambiar de coche?
Antes de que contestara empezaron a caer las primeras gotas y corrimos al hotel. En la barandilla ya no estaba el sombrero.
-¿has visto estos días un sombrero de paja colgado de la barandilla?
-Ahora que lo dices sí… ¿Tiene que ver con estos días extraños? Quiero decir que el mundo es muy extraño, pero sólo lo notamos a veces…
-Si haces el viaje conmigo te contaré todo lo que no entiendo
-¿Y lo que te fascina?
